De dioses y mujeres

Pronto se cumplirá un año de la salida al mercado de Silent Hill f, atípica entrega de la franquicia de survival horror de Konami, que se centró en la mitología japonesa, el sintoísmo, el budismo y el folclore nipón para crear (y recrear) la atmósfera de terror del célebre videojuego.

La idea del productor Motoi Okamoto era volver a las raíces niponas tras las bambalinas del título para contar una historia de terror que conectase con la visión del terror que, durante años, trasladaron hasta la terrorífica Silent Hill. De este modo, la oscura ciudad ya no era un lugar único, sino una maldición que podía caer en cualquier lugar donde la pena y el trauma se apoderasen de un personaje trágico.

En Silent Hill f encarnamos a Hinako Shimizu, una estudiante que vive en Ebisugaoka, un pueblo de montaña inspirado en la ciudad real de Gero (en la prefectura de Gifu). Su hermana mayor acaba de marcharse tras casarse, su padre (endeudado) contempla la posibilidad de “vender” a Hinako para saldar cuentas, y tanto ella como su madre sufren maltrato en casa.

Decía H. P. Lovecraft, el padre del horror cósmico, que gran parte del miedo procede del miedo a lo desconocido. Sin duda, Silent Hill f nos provoca escalofríos, pero sobre todo por lo lejana que la cultura japonesa nos puede parecer a los occidentales. En este post repasaremos algunas de las claves niponas. No nos quitará los escalofríos, pero nos ayudará a comprender más el horror de su relato de terror (o kaidan).

La tierra de los ocho millones de dioses

Para entender el videojuego, tenemos que saber más del sintoísmo («el camino de los dioses»), filosofía japonesa que venera a los kami, un término que engloba a divinidades, espíritus ancestrales, objetos y fenómenos naturales. La propia lengua japonesa resume su magnitud en la expresión yaoyorozu no kami, los ocho millones de dioses: una forma de decir que lo sagrado está en todas partes y no se deja contar. Esta explicación mitológica se hunde en las raíces de Japón:

“Por ejemplo, se atribuyó divinidad a ciertos fenómenos naturales y accidentes geográficos. Los más evidentes son la diosa del sol Amaterasu y el dios del viento Susanoo. Los ríos y las montañas eran especialmente importantes, sobre todo el monte Fuji, cuyo nombre deriva del nombre ainu «Fuchi», el dios del volcán”. 

Frente a otras religiones, el sintoísmo no tiene un fundador claro y sus orígenes datan de la prehistoria. Lo que sí podemos señalar con más seguridad es que nace del animismo (todo lo que nos rodea guarda un concepto de divinidad, o kami) y un politeísmo disperso, y es lo primero que plantea Silent Hill f. Frente a una crisis de fe y un pueblo que cambió a sus antiguos dioses en pos de Inari, Hinako deberá enfrentarse a las consecuencias de un mundo que cada vez cree menos en los kami.

Imagen de Amaterasu, por Utagawa Kunisada. Fuente de dominio público.

La mitología japonesa en Silent Hill f

El imponente torii que aparece en en los primeros minutos de partida de Silent Hill f no es solo una puerta física, sino el umbral simbólico entre el mundo ordinario y el de los kami. Esto queda claro durante la fase de la persecución del monstruo de la niebla; en ella, Hinako deberá cruzar varios arcos torii abandonados en el bosque. 

Tiene sentido que estas puertas representen un refugio para la protagonista, ya que «Un torii (鳥居) es una puerta sagrada japonesa o arco tradicional que suele colocarse en la entrada de los santuarios sintoístas para marcar la frontera entre el terreno profano y el terreno sagrado», según Japón Secreto.

En uno de los cinco finales, Hinako debe aceptar su destino en uno de esos arcos, comprendiendo que ella misma encarna una de las fuerzas sobrenaturales de su mundo.

Los famosos torii de Fushimi Inari. Aunque muchos turistas piensan que los kanjis dicen algo místico, en realidad son los nombres de las empresas que los han puesto (una tradición que busca la prosperidad de Inari, divinidad que trae la buena fortuna a aquellos que la veneran.). Fuente: photoeverywhere.

El kitsune y la corrupción

Durante el videojuego, Hinako “desconecta” varias veces de nuestro mundo y acaba en el santuario del un misterioso enmascarado con rostro de zorro o kitsune. Sobre este personaje, los kitsune son criaturas que, en ocasiones, son mensajeros de los dioses o, como yōkai, pueden hacerse pasar por humanos para engañar a los mortales. Una dualidad que dibuja al kitsune como uno de los personajes más misteriosos de la mitología japonesa. En la página Yokai.com nos explican más de los kitsune:

Existen dos grandes variedades de kitsune. Los zorros sagrados son servidores de la deidad sintoísta Inari, y los santuarios dedicados a esta divinidad están decorados con estatuas e imágenes de estos animales. Las leyendas hablan de zorros celestiales que ofrecen sabiduría o ayudan a personas buenas y piadosas. Estos zorros sagrados actúan como mensajeros de los dioses y como intermediarios entre el mundo celestial y el humano. A menudo protegen a las personas o los lugares, atraen la buena suerte y mantienen alejados a los espíritus malignos. Más comunes son los zorros salvajes, que disfrutan de las travesuras, las bromas y las malas acciones. Existen historias en las que estos zorros engañan a los humanos o incluso se apoderan de ellos, haciendo que se comporten de manera extraña. A pesar de su naturaleza maliciosa, incluso los zorros salvajes cumplen sus promesas, recuerdan las amistades y devuelven los favores que se les han hecho.

En varios puntos de ese santuario, Hinako se enfrentará a su trauma, pero también cruzará varios arcos torii y dependencias vinculadas a la tradición religiosa del sintoísmo. Pero, ¿para qué sirven todas estas pequeñas pruebas? Para enfrentarse al trauma, que es peor que cualquier monstruo con el que se pueda cruzar (algo que ya aparece en otros Silent Hill).

En Silent Hill f aparece la idea de la corrupción y la búsqueda de la pureza ritual. Desde el Kojiki, relato en forma de crónica que vincula los orígenes de Japón con su concepción del mundo a través de los kami, se habla sobre cómo los sacerdotes sintoístas llevaban a cabo rituales para purificar a los creyentes. 

En Silent Hill f, vemos a estos kannushi, pero también rituales vinculados a limpiar las manos y los labios, que se llevan a cabo en los templos, o el concepto de la lluvia frente al agua estancada que supone la degeneración.

Sobre el concepto de corrupción y contaminación, tenemos un ejemplo en otras obras, estas de índole cinematográfica, como El viaje de Chihiro, donde los seres espirituales se corrompen con la contaminación, pero también con el dinero, o La princesa Mononoke, en la que el espíritu del bosque se ve mancillado por las fraguas de los seres humanos. 

El jabalí corrompido por el mal causado por los humanos en La princesa Mononoke enraíza con el concepto de degeneración e impureza japonés.

Rituales, sacerdotisas y bodas

Como comentábamos, en el videojuego de Konami, Hinako se presenta ante un ritual donde acabará perdiendo uno de sus brazos (y adquiriendo uno monstruoso), bebiendo unas “ascuas” y mutilando su rostro (para colocar una máscara de zorro, ¿su verdadero rostro?), a la vez que debe purificar todos sus pecados y miedos del pasado, destruyendo a aquellos que creían sus amigos.

Son varias de las escenas más espeluznantes de la obra, no solo por cómo están narradas, sino por lo que suponen para el personaje y para nosotros a nivel psicológico. Su purificación es parte de una tortura (o viceversa). Hinako es obligada a crecer cuando su padre quiere concertar un matrimonio para escapar de sus deudas. Uno de los temas fundamentales de Silent Hill f, por tanto, es la muerte de la infancia, crimen que todos nosotros, tarde o temprano, cometemos.

A estos rituales se suma la propia boda. Todo el videojuego gira en torno de contraer matrimonio, ya sea la hermana mayor de Hinako o la propia Hinako, tanto en el plano real como en el plano de los espíritus. De ahí que el monstruo final sea el Shiromuku, que lleva el nombre del kimono nupcial.

También en el panorama de las creencias del videojuego, aparecen las miko, sacerdotisas que provienen del período Jomon y que todavía pueden verse en algunos templos y rituales del País del Sol Naciente. Sakuko (una de las amigas de Hinako) y las sacerdotisas participan en el ritual de la protagonista. Como venganza, Sakuko se convierte en un monstruo que recuerda a las que practican las danzas solares en torno a Amaterasu, divinidad solar del panteón japonés.

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Hinako acaba aceptando su verdadero rostro en una de las escenas más crueles de la obra.

Inari y Jizo

Quizá el aspecto más importante de la obra es el culto a Inari, diosa de fortuna, adorada en lugares como Kioto, véase el famoso santuario de Fushimi Inari. Dicho santuario tiene más de 1300 años de historia. 

«El culto a Inari se remonta al menos al siglo VIII d.C. Según la leyenda, la primera manifestación de Inari tuvo lugar en el monte Inari, cerca de Kioto, cuando un hombre llamado Hata no Irogu descubrió milagrosamente que en la montaña crecía arroz. Este mito fundacional ilustra el vínculo original entre Inari y el cultivo del arroz, alimento básico en Japón», Japan Experience.

Como citamos anteriormente, también aparecen figuras yokai con el aspecto del kitsune, siendo cambiantes, o monstruos como el zorro de nueve colas, archiconocido por Naruto. Del mismo modo, tenemos al portador de la máscara del zorro en Silent Hill f, que se llama Tsuneki, que se forma con las letras de la palabra kitsune.

Entre las estatuillas que hay en el pueblo, también las hay de Jizo, uno de los bodhisattvas (personaje que ha emprendido el camino de Buda), vinculada a la protección de los más pequeños y también de los viajeros. Si te encuentras con uno en la vida real, no es extraño ver que se les dejan prendas de abrigo rojizas. Esto se debe a que en los cuentos más antiguos se cuenta como una mujer le puso una prenda para que no pasase frío. Cuando esta mujer perdió a su bebé, Jizo recordó el acto de bondad que la mujer tuvo hacia él y ayudó a recuperar a su niño. 

Por ello, Jizo protege en una especie de limbo a los niños que murieron sin haber podido ser bautizados. Los entretiene haciendo torres con piedras antes de que los oni los derriben.

En el videojuego, tenemos que buscar estas estatuillas y darles una serie de ofrendas para desbloquear los finales alternativos.

El kitsune representa el subconsciente del horror de Silent Hill f.

Armas y mecánicas divinas

Si algo hace bien Silent Hill f es incorporar a sus mecánicas conceptos de la propia religión japonesa, como es el caso de los emas (tablillas donde se piden deseos a los kami y que en el juego mejoran las habilidades de la protagonista) y los omamori (pequeñas bolsitas bendecidas por sacerdotes y que mejoran la salud de Hinako).

Las propias armas que usa Hinako en el mundo espiritual, como la daga o la naginata son armas ceremoniales. En el caso de la naginata, muchos estudiosos señalan que son las armas que usaban las mujeres (onna-musha) en períodos de guerra, según algunas fuentes.

Otros elementos que aparecen en Silent Hill f son las muñecas. Aparte de tener la de Hinako, algunas de las formas monstruosas que se nos aparecen nos recuerdan a las muñecas tradicionales japonesas. En el País del Sol Naciente se narra cómo los objetos que llegan a ser muy viejos se convierten en yōkai, por lo que no te puedes deshacer de ellos sin más (y menos en el caso de una muñeca; una niña crece con ella tratándola como a una persona). El caso más célebre es el de la muñeca Okiku, conservada en el templo budista Mannen-ji, en Hokkaidō. La leyenda cuenta que perteneció a una niña llamada Kikuko, que murió siendo pequeña. La familia colocó la muñeca junto a sus cenizas en el altar familiar y posteriormente afirmó que el pelo de la muñeca comenzó a crecer. 

Durante Silent Hill f, deberemos hacernos con varios omamori que nos darán más habilidades para superar la historia. Fuente.

La muerte y el j-horror

Uno de los aspectos que nos vendió Silent Hill f a los fans fue su estilo visual. En él, la higanbana o Lycoris radiata es uno de los motivos que más se repite. Florece en torno al equinoccio de otoño y su asociación más habitual es con la muerte, la despedida, la separación y el más allá, debido a su presencia tradicional en las proximidades de tumbas y cementerios. Por ello, se la ve como un presagio de la muerte. Para muchos aficionados al anime es un recurso que se ha repetido en varias obras, como, por ejemplo, Tokio Ghoul de Sui Ishida. Los campos de Silent Hill f están poblados de esta flor, pero también de una versión corrupta que deforma a los habitantes del pequeño pueblo.

Pero, ¿qué sería de Silent Hill f sin sus monstruos? En las calles, los campos de arroz y otros espacios de Ebisugaoka aparecen varios monstruos que podemos vincular con los yūrei (seres similares a los fantasmas occidentales) de la cultura japonesa, pero también con las apariciones que han poblado el cine del j-horror con películas como Ringu, Dark Water, La maldición, El grito… Para todos los que crecimos en los ’90 y los 2000, estas extrañas películas que llegaron a nuestras pantallas nos trajeron un nuevo concepto del terror que triunfó más allá de Japón, pese a sus características intrínsecamente niponas.

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La muerte y el sacrificio acompañan a Hinako.

El balance final del horror de Silent Hill f

Los japoneses llevan décadas demostrando que son maestros del terror, y no solo por un folclore que ya viene cargado de fantasmas: también por una sociedad capaz de esconder, bajo su fachada más pulida, sucesos criminales de una crueldad muy real. Ese doble fondo (lo sagrado y lo perverso compartiendo espacio) es el que ha alimentado el revival del j-horror en el cine y en el manga de autores como Junji Ito, y es exactamente el terreno que pisa Silent Hill f.

Si bien es Silent Hill f es una buena propuesta de Konami, me preguntó qué habría sido de aquel Silent Hills del creador de videojuegos Hideo Kojima, el director de cine Guillermo del Toro y el mangaka Junji Ito, que se quedó en terreno de nadie y en una demo que fue borrada. ¿Cuánto habrían añadido estos creadores a la visión del horror japonés (e internacional)?

Lo distinto de esta entrega de Silent Hill no es solo trasladar la niebla a Japón: es que cada ambiente, cada objeto y cada flor que aparece en pantalla significa algo muy concreto para quien sepa leerlo, y sigue dando miedo aunque no se sepa. Quizá ahí resida el verdadero acierto del juego: no en inventar monstruos nuevos, sino en recordarnos la insólita concepción del horror creado en Japón.

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Uno de los espantapájaros, hechos con cadáveres de colegialas, que pueblan el instituto de Silent Hill f. ¿Quién dijo miedo?