La avaricia disfrazada de rebelión

Assassin’s Creed: Black Flag es tanto uno de los títulos más queridos de la que lleva siendo la IP estrella de Ubisoft desde hace ya casi 20 años, como uno de los juegos más aclamados de la década pasada. En esencia, se podría decir que es el Red Dead Redemption de la piratería, haciendo lo mismo por los piratas que la historia de Rockstar por los vaqueros. De la misma manera, no ha vuelto a haber un videojuego de piratas ni de vaqueros tan bueno en estos últimos años, exceptuando el excepcional Red Dead Redemption II, al ser una precuela de la misma IP.

Eso sí, aunque Black Flag es una representación perfecta de la idea que tenemos en el imaginario colectivo sobre la piratería gracias a historias como Piratas del Caribe, La Isla del Tesoro o Black Sails, no representa cómo eran los piratas realmente. No es algo que considere reprochable hacia la obra, puesto que en todo momento está claro que se trata de una historia ficticia con algunos nombres y hechos reales, no un documental. Sin embargo, lo interesante respecto a las aventuras de Edward Kenway es lo que se decide cambiar y lo que no, creando una imagen cuanto menos interesante sobre lo que representa la piratería más allá de la libertad o rebeldía.

Tras haber vuelto a este mundo con Assassin’s Creed: Black Flag Resynced (no he pagado por él, no diré más al respecto y vosotres no deberíais darle dinero a Ubisoft), mi perspectiva sobre su mundo y personajes ha sido muy diferente, considerando que tengo 24 años y que la primera vez que jugué Black Flag acababa de cumplir los 12. Esas ansias de libertad y de desafiar al sistema características de cualquier pirata real o ficticio que se precie están ahí, pero todo ello se ve empañado por una nube de masculinidad que persigue a estos personajes allá donde naveguen.

Un mundo hecho por y para hombres

Assassin's Creed Black Flag Resynced Havana

La piratería es en realidad, o al menos lo es dentro de su representación en este juego, una fantasía de poder masculina. Gente como Edward Kenway se hace a la mar con la idea de demostrar lo que vale, comparándose con hombres como los soldados españoles o ingleses, o los que tienen un trabajo normal y corriente en la ciudad, asegurando que ellos han escogido un camino fácil y sin gloria o reconocimiento. Esto no son más que excusas para no decir que, como hombres en el siglo XVIII, tienen el ego tan frágil que no pueden permitirse ser una persona más.

Todos quieren ser famosos y ostentar más poder del que jamás imaginaron, porque en la masculinidad, son el poder y la fuerza lo que determinan tu valor como hombre. De la misma manera, el machismo de la época que impide ver a las mujeres como algo más que amas de casa y criadoras de niñes crea la necesidad de proteger y proveer a tu familia como hombre. Es en esto mismo en lo que el propio Edward se apoya al principio de Black Flag, alegando que se convierte en pirata para poder volver a casa con riquezas para su familia.

Poco a poco vemos que esto es mentira, y que en realidad nuestro protagonista es una persona avariciosa y egoísta obsesionada con poner excusas o pretextos en lugar de admitir que en realidad le gusta ser una mala persona que se queda con lo que puede. Es más, decir que solo piensa en su mujer o que todo es por ella, al igual que hacen muchos de los piratas o soldados cuyas cartas encontramos a lo largo del juego, es casi echarle la culpa, insinuando que si no tuviera una familia a la que volver con sus riquezas no haría todo esto (como si no pudiera trabajar de literalmente cualquier otra cosa).

Es aquí donde empiezo a ver cierta intencionalidad respecto a la naturaleza masculina y tóxica de la piratería en Black Flag. Esto se ve reforzado por el hecho de que Edward Kenway no existió realmente, y en Ubisoft deciden convertir a su protagonista inventado en una figura que representa la hipocresía, violencia y deshonestidad que ha caracterizado al sexo masculino durante una buena parte de la historia de la humanidad, en lugar de haberle escrito como un pirata con un gran corazón que suponga la excepción a la norma. Junto a todo esto, tenemos el papel de los dos personajes femeninos relevantes en la trama.

Mujeres y esclavos, dos caras de una misma moneda

Anne Bonny y Mary Read no solamente existieron de verdad, sino que también son de las 14 mujeres piratas que conocemos de la Edad de Oro de la Piratería, por lo que su inclusión en la historia principal del juego no es una coincidencia. Por otro lado, Adewalé es un esclavo convertido en pirata, similar a la historia de Negro César. ¿Qué tienen en común las mujeres y los esclavos en esta época? Ambos responden a los deseos de hombre blancos. En Black Flag, los tres personajes acaban liberándose de sus cadenas, ya sea en el sentido figurado o literal, con el objetivo narrativo de separar a Edward Kenway de esa fantasía de poder masculina autodestructiva.

Mary Read no fue la misma persona que el famoso capitán Kidd, pero en el juego se disfraza como hombre bajo ese nombre para demostrar un punto. En primer lugar, que jamás la respetarían de la misma manera si descubrieran que es una mujer. Por otro lado, que justamente por ser una mujer es capaz de ver cómo la masculinidad tóxica arruina un movimiento que supuestamente existe para crear un mundo libre y mejor. Curiosamente (o, más bien, intencionadamente) es el único personaje femenino de entre los capitanes piratas de la obra el que demuestra una inteligencia emocional desarrollada, y el que convence a Edward para ser mejor persona.

De la misma manera, Anne y Adewalé distan mucho de sus contrapartes históricas. Anne navegaba bajo el mando de John Rackham, mientras que Negro César llegó a ser lugarteniente de Barbanegra. En cambio, aquí ambos acaban siendo los segundos al mando del Jackdaw del capitán Kenway. El antiguo esclavo acaba uniéndose a la Hermandad de Asesinos, demostrando de nuevo que, fuera de esa nube de masculinidad tóxica que engulle a todo hombre blanco de la época, las mujeres o minorías desfavorecidas son capaces de buscar cambiar el mundo de verdad, mientras Edward sigue usando una supuesta revolución contra el sistema como excusa para ser avaricioso y cruel.

Anne, por el contrario, es la voz de la razón para Kenway cuando Mary y Adewalé ya no están a su lado, en un momento en el que por fin es capaz de ver que la piratería no era más que un capricho de unos cuantos hombres que nunca iba a llegar a nada más que a la masacre de cientos de personas. En este mundo por y para hombres, son las mujeres y esclavos a su servicio quienes traen un cambio real y positivo al mundo. Menciono a hombres blancos porque, aunque había antiguos esclavos en algunas tripulaciones, no gozaban de las mismas oportunidades o respeto que los demás, como si les hubieran “adoptado” en lugar de reclutado.

La paradoja de Barbanegra

De todos los personajes masculinos que no sean el asesino protagonista, Edward Teach (o Thatch) es probablemente el más interesante. “En un mundo sin oro, podríamos haber sido héroes”, son las últimas palabras que le dedica Barbanegra a Edward Kenway antes de morir a manos del oficial Robert Maynard el 22 de noviembre de 1718. Es probablemente la frase más famosa de Black Flag, y no es para menos. El análisis que yo mismo estoy haciendo sobre el verdadero significado de la piratería para estos hombres revela la naturaleza trágica de ese último aliento.

Thatch era alguien que quería formar una república libre del sistema opresor en el que vivían las personas en aquella época, situada en Nassau. Esta idea acaba fracasando, y lo que diferencia a Barbanegra de los demás piratas es que él era consciente de que habían fallado porque son hombres. Los roles de género y la masculinidad de la época les llevan a ser despiadados, a no tener ningún tipo de empatía ni inteligencia emocional. Es por ello que, al final, en su supuesta república libre, lo que de verdad mandaba era robar y matar a mucha gente en el proceso, sin hueco para la política y el diálogo que de verdad podrían haber construido un mundo mejor.

Por mucho que tratase de alejarse de la piratería, su propia naturaleza como hombre blanco al que se le ha enseñado que el mundo es suyo le llevaba a actuar siempre igual. Barbanegra sabía que, sin el oro de por medio, la piratería habría dejado de ser una fantasía de poder masculina, y realmente podría haber tenido un impacto positivo en la historia. Lamentablemente, murió igual que vivió, esclavo de unos impulsos que consideraba imposibles de resistir, ahogado por una masculinidad que le impidió “ser un héroe”.

La opresión no tiene bandera

En resumen, Assassin’s Creed: Black Flag, en sus dos versiones, nos muestra la Edad de oro de la piratería bajo un prisma muy interesante, que creo que pasa desapercibido para muches. El arco de Edward Kenway consiste en dejar de ser una mala persona, lo cual pasa por desprenderse de su masculinidad tóxica, siendo más vulnerable, emocional y empático. Obviamente, esto va de la mano con, en última instancia, dejar de lado la piratería, demostrando que en el fondo, como he mencionado varias veces, no era más que una fantasía de poder para hombres.

Este cambio ocurre gracias a las dos mujeres más importantes en el juego y a un esclavo que consigue ser libre, puesto que las personas que muchos piratas ven como subordinadas o inferiores son en realidad las que tienen una perspectiva diferente gracias a su situación, que les permite entender por qué personas como Charles Vane, Benjamin Hornigold, Edward Thacth, Stede Bonnet o Edward Kenway (o cualquiera de los templarios que conocemos) jamás podrán cambiar el mundo.

Sé que Ubisoft no es realmente la empresa más progresista del mundo, muchísimo menos en la década pasada, pero eso no quita que las personas responsables del guion de Black Flag tuvieran este mensaje sobre la masculinidad, la hipocresía y la avaricia de los piratas en mente. Al final, la piratería no era más que otra manera de ser un opresor que se beneficiaba de la forma en la que funciona el mundo, y la opresión sigue siendo opresión, por mucho que ondee una bandera negra.