La llamada de Pingu
En mis años de estudio en la universidad tuve la mala fortuna de cruzarme con grupo muy particular de gente, autodenominados como «investigadores de la auténtica historia». Estos hombres y mujeres decían perseguir los huecos en los libros de Historia, aquello que se había derramado por los márgenes de la aparente racionalidad con que las enciclopedias ordenaban los distintos sucesos que han dado como fruto el mundo tal y como lo conocemos hoy día. Por simpatía con algunos de sus miembros, me vi tentado a creer en diversas ocasiones algunos de sus ilógicos y poco coherentes postulados, pero la curiosidad siempre fue mi talón de Aquiles y acabe accediendo a leer uno de sus textos de referencia: una fiel transcripción de El Necronomicón, escrito por «El Árabe Loco» Abdul Alhazred en el año 730.
Maldigo aquel día con toda mi alma, pues de no haberlo leído, de no haber tratado de dotar de un sentido a aquellas palabras, mi conciencia descansaría hoy tranquila.
Han pasado décadas desde aquellos días de juventud, y creí que todo aquello habría quedo atrás como un anécdota mas de mi etapa estudiantil. Hasta hace aproximadamente un año, fecha en la que según los médicos caí desmayado durante horas, graznando como un poseído para el horror de mis familiares.
En mi febril ensoñación mi carne adoptaba la forma de un pingüino, un ave a la que la evolución ridiculizó despojándola de la capacidad de surcar los aires para verse obligado a arrastrarse sobre el hielo y la nieve. A mi alrededor, el paisaje me hizo creer que estaba soñando, pues me rodeaba la nieve hasta donde alcanzaba la vista y sobre ella danzaban las ondas propias del reflejo de la superficie del agua, como si todo aquel lugar estuviese sumergido.
Me rodeaban decenas —si no cientos— de otros pingüinos, que languidecían sobre la nieve, sus mentes primitivas y abotargadas parecían carecer de la voluntad, o mas bien de la motivación para moverse siquiera. Traté de acercarme a uno de ellos en busca de alguna forma mínima de comunicación con la que pedir auxilio mas en mi intento, y sin tener muy claro cómo, mi mente pasó a ocupar el cuerpo ágil y compacto de aquel otro ser.
Antes siquiera de que mi mente pudiese tratar de buscar una explicación a lo que mis sentidos me mostraban, un potente fogonazo irrumpió en el cielo nocturno a menos de un kilómetro de donde me encontraba. La luz de una bengala iluminaba el cielo antártico como la burda parodia del sol hecha por la mano del hombre, derramando sobre la nieve un fulgor rojo como la sangre.

Atraído por la luz puse rumbo hacia el estallido, aunque no tardé demasiado en desviarme del camino, pues una vez abrí la puerta de mi mente a aquella curiosidad instintiva mi cuerpo comenzó a guiarme en todas las direcciones que se abrían ante mi. El paisaje antártico se mostraba difuso ante mí, con enormes murallas de nieve y amplias explanadas heladas en las que encontré rastros del paso del hombre por aquellos paramos en forma de avionetas, cobertizos y tiendas de campaña abandonadas.
Para cuando alcancé el origen de aquella bengala, el sueño empezó a tornarse en pesadilla. Me encontré con un campamento coronado por la bandera con la esvástica, a medio consumir por las llamas, y con media docena de cuerpos salpicando la nieve con el carmesí de su sangre. Aquellos que murieron pronto fueron los que hallaron mejor destino, pues los supervivientes mostraban claros síntomas de haber caído presa de la locura. Uno de los supervivientes se había abierto la cabeza golpeándose una y otra vez contra un poste y, aun cegado por su propia sangre, seguía golpeando, otro se estaba serrando la piel de la cara con un cuchillo y un tercero danzaba sobre las llamas de su tienda de campaña.
Frente al campamento yacía en la nieve el cuerpo de un ser indescriptible, una aberración contra la naturaleza que para mi desgracia me hizo recordar a las conversaciones mantenidas con aquel grupo en la universidad y a las descripciones que aquel árabe loco había dejado en su libro maldito. Habían prendido con gasolina a aquella criatura de un solo ojo y protuberancias similares a monstruosas costillas que asomaban bajo su vientre.
Y entonces oí un susurro transportado por el gélido vendaval, un sonido imposible de producir por ningún humano que hablaba en un idioma incomprensible. Me estaba llamando.
Una ciclópea torre a pocos metros del campamento era la entrada a una caverna en la que ruinas de un negro intenso se hacían cada vez más y más presentes. Al principio aquellas construcciones se limitaban a torreones y murallas, construcciones que pudieran parecer primitivas, pero poco a poco la complejidad de la arquitectura fue aumentando hasta alcanzar diseños simplemente imposibles.

Si en mi periplo en la superficie me encontré desorientado y perdido en varias ocasiones, temo por la cordura de aquellos que quieran recorrer aquellas ruinas al completo, pues uno nunca sabe si está optando por el camino correcto. Encontré atajos que permitían saltarse secciones enteras con tanta naturalidad que en ningún momento los entendí como tales y de no haber sido por un brillo que atrajo mi mirada en el último momento, habría avanzado por esos caminos sin poder investigar enormes cámaras de hielo y castillos de basalto. Aún en estos momentos me cuestiono a mí mismo cuántas veces habré decidido tomar un pasillo que me negase otro descubrimiento.

Mentiría al decir que no encontré un particular placer en vagar entre aquellos oscuros edificios, más antiguos que cualquier construcción hecha por el hombre, el saberme ante prodigios que habían permanecido milenios ocultos bajo el hielo. Puede que aquella voz nunca me estuviese llamando a mí y simplemente la usase de excusa para dar rienda suelta a mi curiosidad.
Por raro que parezca, el viento parecía acompañarme, guiándome de vuelta cada vez que mis pasos me alejaban del camino, mas sin un camino fijo a veces ese mismo aire se antojaba caprichoso y burlón, ganándose mi confianza solo para reírse de mí al intentar seguir sus indicaciones. Más fiables eran los postes luminosos dejados por la expedición, aunque a medida que el caos fue imperando entre sus filas, fueron tornándose mas erráticas, marcando múltiples caminos al unísono ante mi.

Pero incluso aquel instinto primordial que me guiaba encontró en ese lugar sus propios limites. En una ocasión encontré un agujero en un estanque del que emanaba una intensa corriente, dejándome llevar por aquella curiosidad que me embargaba, y al emerger me encontré en un lugar que no había visto jamás, presidido por una suerte de presa de hielo que no sabría si otorgar su autoría al hombre o a la madre naturaleza. Presa del pánico tomé aquel túnel acuático de vuelta solo para encontrarme, momentos mas tarde, con que mi camino me llevaba de vuelta, esta vez por tierra, ante aquella presa.
También, hacia el final de aquel peregrinaje, me topé con construcciones tan densas y complejas, tan intrincadas, que parecía imposible tomar cualquier referencia ante la que guiarse y, frente a tal inmensidad, sentí como mi curiosidad palidecía completamente y mi mente trataba de encontrar la salida, como si simplemente respirar el aire de aquel lugar me pusiera en peligro.
Poco a poco, aquel paisaje onírico de la superficie del Polo Sur fue tornando en pesadilla, y luego en algo peor. No solo la arquitectura fue tornándose mas y mas extraña, sino que la flora y especialmente la «fauna», por referirme de alguna forma a los seres que presencié ahí abajo, se mostraba cada vez más hostil, ejerciendo una influencia dañina en los cuerpos y mentes de los hombres.

En mi viaje vi las mentes de decenas de hombres quebrarse hasta el punto de la locura, la mutilación y el suicidio. Vi a hombres devorar los cadáveres de sus compañeros y a otros despellejarse la cara. Vi a hombres balancear cráneo sobre cráneo sobre el suyo propio y a otros que habían sustituido, de forma voluntaria, su cráneo propio por el de otro. Vi a hombres sacrificarse con plomo frente a otros que rezaban en aquel lenguaje incognoscible.
Pero eran nazis, quizás la palabra «hombre» les quedase grande.

En mi viaje me topé con más y más pingüinos, de distinta raza y tamaño y cada vez que me acercaba lo suficiente a uno de ellos, mi mente se transfería a su cuerpo. Siempre se ha dicho que estos animales parecen ir trajeados, mas yo pude usar sus pieles como vestimenta para mi mente y experimentar el agua y la nieve desde sus diferentes sentidos. El cuerpo de un pingüino emperador es pesado, dando lentas zancadas pero deslizándose a grandes velocidades, el de penacho amarillo, ágil y menudo, me permitía saltar a mayor altura y el pingüino magallánico se deslizaba sobre las aguas como si estuviese untado de aceite. Incluso desde mi escaso conocimiento acerca de la biología animal, me pregunté a mi mismo si realmente todas aquellas especies pertenecían al Polo Sur, mas habiendo presenciado tamaños horrores en aquel viaje, se convirtió rápidamente en la menor de mis preocupaciones.
Mas sí que hubo una serie de preguntas al respecto que permanecieron en mi cabeza hasta el final de aquella ensoñación. ¿Por qué los pingüinos parecían inmunes a todo aquello? ¿Por qué ni flora ni fauna atacaba al resto de pingüinos? Y, mas importante, ¿cómo podrían saber que yo no era uno de ellos?
Pero mi mente, sometida a tanto estímulo, no era capaz de hallar una respuesta. A medida que el contacto del hielo y la nieve contra mi vientre fue tornándose familiar, me encontré a mí mismo disfrutando de vagar por aquel páramo, de deslizarme a toda velocidad colina abajo solo para emprender un breve vuelo, antes que la gravedad reclamase mi cuerpo de nuevo. Me permití incluso tratar de hacer piruetas en aquel espantoso lugar, rodeado de la desesperación de hombres de los que tal vez debiera haberme apiadado.

En mi viaje me topé con pequeñas esferas de luz, a veces difíciles de distinguir de los faroles en la lejanía, que al tocarlas me susurraban palabras que parecieran fuera de lugar. Términos como «Colonia», «Civilización», «Patria» o «Salvaje» que habían sido objeto de discusión en mis clases de antropología en la universidad retumbaban y se desfiguraban en antiguos glifos frente a mí, y no dejo de preguntarme, ¿por qué aquellas palabras carentes de significado? ¿Por qué esos términos cuyo único propósito es dar nombre a la invención humana, pero que no aplican en ninguna forma al mundo natural? ¿Por qué no términos universales como los colores, las formas o los animales?
La respuesta puedo imaginármela a través de los otros objetos esparcidos en aquel lugar que parecían esperar mi llegada. Fotografías de la expedición fascista, hombres dispuestos a cometer auténticas atrocidades en nombre de palabras que ni ellos ni nadie entiende realmente porque no significan nada y a la vez, significan todo aquello que queramos atribuirles.
Durante aquella visión una voz vagamente familiar, profunda y ominosa, fue narrándome la historia de aquella expedición, de las razones que habían traído a aquellos hombres tan lejos de su hogar y de sus perversas motivaciones. Otra voz, completamente desconocida, me habló de la defensa del hogar y del sentido del deber para con la nación de uno mismo. Sus historias aun resuenan difusas en mi mente mientras trato de dotarlas de sentido.

Se que no soy el único que ha experimentado estas visiones y si escribo estas palabras es para advertir a aquellos que quieran leerme de los peligros que acarrea jugar con ciertas artes ocultas. El pasado viernes me topé con un software denominado Penguin Colony que, de alguna forma retorcida y enfermiza narra aquel ensueño que me persigue desde hace tantos años. Mi advertencia, para todo aquel que quiera escucharla, es que huyan de ese oscuro programa si no quieren ver sus mentes consumidas por el deseo de volver a ser un pingüino.
Este análisis dramatizado ha sido posible gracias a la clave cedida por Fellow Traveler