La importancia del peso

Coge una caja de videojuego. Ábrela. Saca el disco, pásalo por el dedo, nota el peso mentiroso que tiene el plástico cuando lo comparas con lo que hay dentro. A partir de enero de 2028 ese objeto dejará de fabricarse para los juegos nuevos de PlayStation.

Lo contó Sony en su blog el 1 de julio, con la naturalidad de quien avisa de que cambia el horario del bar. La mayoría de la gente prefiere lo digital, dijo, y dejar los discos era “una dirección natural”. Los coleccionistas respondieron como cabía esperar, que es malo. Días después llegó la letra pequeña: se seguirán fabricando copias de lo que ya salió, y los juegos nuevos podrán venderse en tienda como cajas con un código de descarga dentro. Una caja con un papelito. El peso mentiroso, ahora, es literal.

Todavía hay quien piensa que esto es una mala racha. Una mala racha no viene con tanto ahorro: sin plástico, sin carátula, sin transporte, sin almacén, sin estantería. En cuanto una empresa descubre que puede venderte lo mismo sin nada de eso, el capitalismo hace lo que mejor sabe, que es dejar de pagar por lo que ya no necesita pagar. El disco, de repente, es un señor caro que sobra.

Y nosotros firmamos el trato, que conviene no olvidarlo. Lo digital es inmediato, no ocupa sitio, se compra a cualquier hora y sin vergüenza, se instala en segundos. En España ya se gasta más en lo digital que en lo físico, aunque con letra pequeña: buena parte del físico son consolas y mandos, y buena parte del digital son juegos de móvil. El disco de toda la vida es un trozo pequeño de una tarta que ya no gira a su alrededor.

Barato, eso sí. Tuyo, depende de lo que ponga la letra pequeña. Un juego físico se presta, se vende, se regala, aparece dentro de veinte años en una caja de mudanza. Uno digital es una licencia de uso con fecha de caducidad que nadie te enseña, y nosotros seguimos diciendo “tengo este juego” como si fuera algo que pesa. Ese autoengaño es casi lo único físico que nos queda.

La música ya hizo este viaje, y volvió con recuerdos. Casete, CD, MP3, Spotify. Y entonces, en medio del cementerio, algo se levantó. El vinilo.

Cada pocos meses sale el titular de que el vinilo vuelve a crecer, y es verdad: las ventas físicas de música en España subieron el año pasado tirando de él. Pero crece en una isla, no recupera el continente. La inmensa mayoría de lo que factura la música sigue siendo streaming, y el vinilo se ha convertido en otra cosa: objeto, colección, regalo, la excusa perfecta para decir “quiero tener esto” sin que suene ridículo. Por eso puede costar lo que cuesta. Ya no compite con Spotify por eficiencia, compite por posesión, y ahí no hay quien le gane. El CD va detrás, por el mismo camino. El casete, con perdón, ya es arqueología con funda de plástico, fetiche de modernos fanáticos de lo vintage y del DIY underground, la verdadera resistencia.

El CD no forma parte de la canción. Escuchas Space Oddity en Spotify y sigue siendo esa canción: has perdido el objeto, la obra sigue entera. Lo mismo con el disco de PlayStation. Son recipientes de algo que existe sin ellos, y en cuanto aparece un recipiente más barato y cómodo, el viejo pierde por desgaste. Y entonces llega el libro y el experimento se rompe. También tiene versión digital, es más barato, pesa cero, cabe una biblioteca entera en tu móvil y debería haberle pasado lo del CD. Se lee en pantalla y se compra en papel, se escucha el audiolibro y se compra el libro, y el ebook crece sin que nadie tenga que morir por ello.

Porque en el libro el objeto se mete dentro de la experiencia y no hay forma de sacarlo. El tamaño, la portada, el peso en la mano, saber por el grosor cuánto te falta, volver atrás sin buscador, doblar la esquina de una página aunque sepas que está mal, recordar que aquella frase estaba “por la mitad, a la derecha, casi al final”. Los estudios no se ponen de acuerdo en si se entiende mejor en papel o en pantalla, así que no voy a vender eso. Lo que sabe cualquiera que haya leído en tablet a las dos de la mañana es que una luz con la que no dormirías se queda a vivir en tu cabeza.

Un vinilo, un casete o un CD ya hacían esto en miniatura, mucho antes de que “experiencia física” fuera una frase de marketing: la funda que abrías con cuidado, el librillo de letras que leías mientras sonaba la primera canción, la textura del cartón entre los dedos. Algo para las manos mientras el cerebro trabaja. Perdimos esa microdosis con el streaming sin darnos cuenta, y es lo que un minibook o un vinilo de tirada corta te devuelven ahora.

Una biblioteca no es un sistema de almacenamiento, es casi una autobiografía. Miras la estantería de alguien y ves qué le obsesionó, qué quiso aprender, qué le regalaron, qué lleva treinta años sin abrir y sigue sin querer soltar. Puedes tener setecientos ebooks y cuando alguien entre en tu casa no verá setecientos libros. Verá una tablet.

Un libro acumula historia de una forma que el archivo no sabe. Lo abres veinte años después y recuerdas dónde lo compraste, quién te lo regaló, qué edad tenías. Puede tener una dedicatoria, una tarjeta de algún artista, metida entre dos páginas, una mancha de café que desde fuera parece un error y que para ti es una fecha. Con la música nos mudamos a lo intangible y no se nos cayó nada. Con los libros la mudanza sale cara: decimos “lo he leído” y queremos poder señalar dónde está.

Hasta aquí parece que la culpa es de las multinacionales y nosotros, víctimas inocentes de la eficiencia. Convendría mirar la mano que pulsa.

Las discográficas no mataron el CD por capricho ideológico, y Sony no deja los discos porque odie el plástico. Lo dejan porque compramos digital, sin caja, cómodamente y sin remordimientos. Lo cual es una noticia horrible y una buena noticia: lo que se vota con la cartera se cambia con la cartera. No hace falta una ley. Hace falta gastar distinto. Y distinto no significa más, que no todo el mundo llega a un vinilo de treinta euros ni a un libro de tapa dura. Significa elegir mejor adónde va el dinero que ya gastas: una compra pequeña a alguien con nombre y apellidos en vez de cinco suscripciones que ni abres, el libro de segunda mano, la biblioteca del barrio, la librería donde ya te conocen.

A un estudio indie le da igual que sigas en Steam. Lo que le cambia el mes es que, cuando algo te guste de verdad, le compres el minibook: ese objeto pequeño que explica el lore, enseña el arte conceptual, cuenta por qué el diseñador puso esa puerta ahí y no dos metros más allá. Eso no lo hace Sony. Lo hace un estudio de ocho personas agradeciendo, con nombre y apellidos y en la última página, que alguien haya pagado por segunda vez un juego que ya tenía instalado.

Con la música pasa lo mismo, y con más ruido. En el último año y pico, cientos de artistas han retirado su obra de Spotify (King Gizzard & The Lizard Wizard, Deerhoof, Salvador Sobral, un montón de artistas españoles entre los que me encuentro) por las condiciones pésimas para la música independiente y por las inversiones de su fundador, Daniel Ek, en Helsing, una empresa europea de drones y software de defensa. Conviene decirlo con exactitud: es dinero de su fondo, no de tu suscripción. Spotify insiste en que son empresas separadas y Helsing en que su tecnología es defensa europea, y cada cual tiene su opinión sobre eso (la mía ya he hecho spoiler). Lo que el boicot demuestra es otra cosa: que ya no resulta evidente adónde va el dinero de una escucha, ni cuánto de él le llega a quien hizo la canción.

Una compra en Bandcamp a un artista que conoces por su nombre le deja la mayor parte a él, a cambio de una comisión pequeña de la plataforma, o incluso el 100% si es Bandcamp Friday. Y si además tiene su música en casete, en CD, en vinilo, o un minibook que acompaña el disco, compras la obra y el objeto a la vez, y de paso escuchas menos, porque ya no llevas cien mil canciones gratis en el bolsillo, solo las que has elegido pagar. Lo que se paga se escucha más despacio y se disfruta mejor, si no lo crees haz la prueba.

Con los libros el peligro es más callado. Si lo único que compramos es el best seller con canto pintado, sin mirar nunca al lado, a la editorial pequeña, al autor que todavía no tiene agente, dentro de diez años habremos leído todos el mismo libro con distinta portada. Ya está empezando. Buscar en la mesa de novedades algo que no lleve pegatina dorada también es mantener vivo el físico, y de paso a quien lo escribió.

Puede que la culpa, en el fondo, sea nuestra

Dentro de treinta años nadie recordará qué versión de Android usábamos. Puede que Spotify no exista. Puede que PlayStation sea un servicio irreconocible y nuestros juegos, licencias imposibles de arrancar en máquinas que ya no entienden el idioma. Pero alguien podrá abrir un libro publicado hoy sin servidor, sin contraseña, sin actualización, sin batería. Solo necesita luz. Y eso de “solo necesita luz” describe también a un estudio indie con un minibook mal grapado, a un músico subiendo su disco a Bandcamp a las dos de la mañana, a cualquier cosa pequeña que hagamos y decidamos pagar en vez de descargar. Nadie tiene que esperar a que las multinacionales entren en razón.

Y ya que estamos con moralejas, la mía, sin ningún pudor: seguid leyendo esta revista independiente maravillosa que sin ninguna duda os enriquece el alma, comprad bandas sonoras en Bandcamp, y si os apetece una guía emocional para videojuegos con forma de libro, ya sabéis dónde encontrarme. Coge un libro. Pesa lo que dice.