Live Through This

Encontrar la canción perfecta para el momento adecuado, suena bien. Desde luego esto es algo que le apasiona a Stacey Rockford, la protagonista de Mixtape, y es en lo que piensa mientras se prepara para pasar una última noche junto a sus colegas, Slater y Cass, antes de abandonar su ciudad natal de Blue Moon Lagoon —o, “The Big Suck” como prefieren llamarlo ellos. Stacy está lista para dejarlo todo atrás. Quiere perseguir su sueño de trabajar como supervisora musical en Nueva York. Curro para el que dice haber nacido, pero no piensa irse sin antes vivir un último momento inolvidable, rodeada de todo lo que le importa. Uno de esos en los que todo tiene que ser idílico, orquestado en más de un sentido, donde nada puede salir mal a pesar de que enseguida todo parece querer torcerse. Torcerse en un sentido adolescente, claro. Hablamos de quedarse sin priva, de padres excesivamente controladores, road trips frustrados y de salvar la gran fiesta a la que todo el mundo quiere ir.

Así que Mixtape se nos presenta como un coming of age ambientado en los 90, un viaje de recuerdos planificados bajo la selección musical de su protagonista. Y es que Stacy no es que simplemente escuche música, Stacy es ese tipo de persona. La música atraviesa hasta el último milímetro de su personalidad. Para ella es mucho más que acompañamiento, es una forma de percibir el momento, un conjunto de referencias lleno de capas, de trivia, sí, pero también de sensibilidad subjetiva. Siempre con los cascos puestos, llegando al punto de presentarse dándonos un largo y detallado monólogo sobre lo que es un Compact Disc, antes incluso de introducirnos a la trama. Todos hemos conocido a una “Stacy”, algunos hemos sido, y seguramente seguiremos siendo, “Stacy”, insufribles devotos de la música.

Y es a través de esta subjetividad musical y las constantes rupturas de la cuarta pared que se nos abren las puertas a su realidad, la de Slater y la de Cass. Mixtape es un juego intencionalmente nostálgico, construido a través de la irrealidad de un pasado generalizado para que se perciba como cercano. Ni siquiera se toma muy en serio los problemas de la adolescencia, ni tiene por qué hacerlo, es un pastiche de forma muy deliberada. Es por eso que sus personajes pueden resultar insufribles o extremadamente empalagosos, o sus situaciones exacerbadas hasta lo ridículo. No estamos viendo la adolescencia desde una perspectiva real, estamos viendo cómo la adolescencia se percibía siendo un adolescente.

Un videojuego sin fricciones, que deja bastante de lado las mecánicas y se guía más por  las situaciones contextuales interactivas. Nada nuevo, nada malo, pero sigue siendo algo polémico por culpa de cierto sector de jugadores, los de siempre, generando una discusión bastante reduccionista, sobre lo que es o deja de ser un videojuego, en la que no merece mucho la pena pararse ahora. Y es que Mixtape te pide interactuar con objetos del entorno, tirar de skate, mezclar refrescos, hacer fotos, practicar headbanging en el coche…  y es aquí donde encontramos algunos de los altibajos más notables del título. Cuando mejor funcionan estos segmentos es en los momentos donde son capaces de reflejar de una forma creativa la sensibilidad y gilipollez adolescente, y lo logra, pero de formas inconsistentes. A veces carece del filo y la ambición interactiva de experiencias con las que comparte espacio, como What Remains Of Edith Finch, y en sus peores momentos confía tanto en las sensaciones que busca despertar con su música que se olvida de ofrecer algo más a través de la imagen y del mando.

Porque en Mixtape todo gira en torno a la música, pero su forma de relacionarse con ella es más complicada de lo que aparenta. Todos haríamos una selección musical diferente. Que si esto no representa mi experiencia. Que si la música que se escuchaba era esta y no la otra. No es cuestión de ponernos quisquillosos, porque ese no es el punto, sino: ¿es acaso Mixtape es consecuente con su música?  A estas alturas ya tenemos claro que es una experiencia que quiere apelar a un público bastante concreto y a una forma de entender los 90 muy específica, aunque desde lo general. Pero esta es la historia de sus protagonistas, por lo que el filtro, toda la selección musical pasa por lo subjetivo. La mixtape es de Stacy, suya, y cualquier persona que se haya parado a hacer una simple lista de reproducción tiene que entender lo profundamente personal que puede ser el proceso, y lo mucho que dice de cada uno de nosotros.

Aquí entra la principal contradicción de Mixtape. Y es que su protagonista —o mejor dicho, el propio juego—, aun con toda su melomanía, parece no querer entender que la música no debe de forzar el tono, sino acompañar y ayudar a construirlo. Stacey quiere ser supervisora musical, y eso pasa por saber encontrar la música perfecta para el momento adecuado. Pero la que plantea para su gran noche acaba imponiéndose sobre el tono del juego en lugar de adaptarse a él. Aquí hay una intención narrativa detrás. El gran día se complica por las circunstancias que rodean a sus protagonistas, así que la mixtape, que tiene que servir de guía emocional para la noche de Stacey, también corre el peligro de no funcionar. Pero Mixtape no termina de expresar una dimensión musical real. Y todo porque quiere mantenerse estático en su búsqueda melancólica de un pasado para el que la fricción es un adorno estético.

Es una selección musical en la que predomina el dream-pop, post-punk, gothic rock y el rock alternativo en general. Me encanta. Crea un tono deliberadamente emocional, es comprensible que Stacey quiera que una mixtape como esta marque el tono de la última noche con sus colegas. Pero los caminos por los que nos lleva la narrativa del juego colisionan con una recopilación que es bastante monocromática. Slater se nos presenta como una persona a la que le gusta bastante el metal. Durante buena parte de sus interacciones con la protagonista ambos bromean etiquetando situaciones o cosas que les gusta con la palabra metal, un código entre amigos que comparten una pasión musical profunda, pero nada de este aspecto de gustos compartidos queda reflejado en el repertorio musical. Pero va más allá.

Buena parte del argumento que gira en torno a Cass en particular —y al grupo en general— está centrado en la rebeldía adolescente. Cuando los tres van a casa de Cass, —quien tiene una relación bastante mala con sus padres, en especial con su padre, que es policía— nuestra protagonista dice explícitamente a cámara “La pasma no se entera de que unos padres sobreprotectores son caldo de cultivo para la rebeldía”. Acto seguido suelta que la siguiente canción es de Mondo Rock — una banda de pop rock australiana— porque pega con las cortinas de la casa de su amiga Cass. Este es el núcleo del problema de Mixtape.

Me resulta difícil de justificar —más allá de las preferencias personales, aunque seguramente haya algo de esto también— la ausencia de géneros en una selección musical que se mueve mucho entre sintetizadores pero a la que le cuesta ensuciarse. Tirar de distorsión, de rebeldía de verdad y no impostada. De un supuesto inconformismo adolescente noventero a través de dos personajes protagonistas femeninos que ni parece querer asomarse al riot grrl; que tiene a Siouxsie and the Banshees, pero ignora a muchísimos grupos female fronted alternativos, y su importancia generacional e impacto que han tenido en en la construcción de la identidad de personas como Cass y Stacey. El juego estetiza la rebeldía, bordea este tipo de identidad, pero nunca deja que contamine su sensibilidad melancólica y nostálgica, y eso acaba por alienarlo. Pero rebobinemos hasta volver a las cortinas de la casa de Cass.

Aquí Stacey está demostrando que hay profundas grietas en su recopilación musical, porque la canción que decide asociar a la última visita a casa de su amiga no dice nada de ella, ni de su relación, es una decisión estética bastante hueca por su parte. Es una oportunidad narrativa interesantísima en la que el juego podría haber empezado a mostrar control sobre el repertorio musical: la mixtape está fallando a la hora de capturar la esencia de la noche. Aquí sería cuando Stacy asume que no está logrando lo que busca, que la música interfiere en lugar de armonizar, desecha su selección y demuestra sus cualidades como supervisora musical adaptando la música mientras refleja las relaciones con sus amigos, porque los entiende y valora. Nada de esto sucede, claro. La narrativa juega con ideas semejantes, cuestiona un poco a su protagonista, pero opta por resolverlo desde lo narrativo y se olvida de que esto va de música.

Parte de la conversación alrededor de Mixtape también ha girado en torno a que su mezcla musical pasa por un filtro que aúna los ochenta, los noventa y un poco los setenta. Esto se ha detectado como si el juego no tuviera muy claro lo que quiere ser, o que nada de esto era lo que más se escuchaba en ese momento. Como si cada etapa musical fuese una entidad cultural definida, estática e inalterable. Nada más lejos de la realidad, claro. La forma en la que nos relacionamos con la música nunca ha sido, ni será, tan limpia ni tan académica. Mucho menos aún durante la adolescencia, una etapa en la que nos definimos a través de apropiaciones desordenadas y obsesiones personales que dicen más de nuestro entorno inmediato que de una perspectiva historicista de la música. Es en ese aspecto en el que Mixtape demuestra que entiende mejor cómo uno se relaciona con la música y las sensibilidades que despierta. Pero cuanto más se disecciona su música más claras quedan sus intenciones y sus contradicciones a la hora de plantear su propuesta.

Que la desarrolladora, Beethoven & Dinosaur, sea de origen australiano, pero hayan decidido que el juego transcurra en la costa oeste de los Estados Unidos es una decisión que crea sus fricciones. Busca un imaginario colectivo que medio mundo ha asimilado como suyo, y lo mezcla con algunas canciones que para el resto del planeta parecen deep cuts musicales de bandas australianas, lo que le da una personalidad muy particular y es de lo más interesante del juego. Pero también evidencia una mezcla cultural inquietante que perpetúa una visión del pasado que sigue necesitando pasar por el filtro cultural estadounidense.

La mixtape está fallando a la hora de capturar la esencia de la noche

Y es con la canción de Mitch Murder Remember When donde la condición de pastiche termina de materializarse. Una canción de 2011, un anacronismo. Es difícil imaginarse el duro trabajo detrás de conseguir los derechos de todas las canciones que aparecen en el juego, pero que una canción como esta pueda abrirse paso hasta llegar al juego final dice mucho de las intenciones creativas que hay detrás. No es que esté mal meter un anacronismo pero, viendo todo a lo que acompaña, esta canción refuerza la idea de que Mixtape funciona como una hiperestilización de un pasado con el que decide involucrarse de una forma más evocadora que sustancial. Lo que le lleva a rechazar toda fricción que no lleve a la nostalgia. Así que no estoy seguro de que a Stacy le vayan a dar el curro de supervisora musical, pero le deseo lo mejor, porque estilo desde luego que no le falta, vaya.