Ninjas retro en 2D

Con la inmensa campaña de juegos gratuitos que ha ofrecido Epic Games a lo largo de este 2019, nos han llegado joyas como Jotun o Hyper Light Drifter entre otros gigantes del mundillo indie en esta última década. Ahora que estamos en 2020, uno de los títulos que más me llamaba la atención era The Messenger, obra de Sabotage Studio que salió hace un par de años, pero que aún no había podido tantear. Cuán grata fue mi sorpresa al encontrarme con una obra divertidísima como pocas, con un claro amor por lo retro, especialmente por sagas como Ninja Gaiden o Metroid. El mimo con el que está construido me recuerda a lo que hicieron en Yatch Club Games con Shovel Knight, otra muestra de amor por el videojuego clásico.

The Messenger se presenta como una aventura de plataformas en 2D en la que encarnamos a un ninja bastante simplón al que, lejos de identificarlo como el héroe de la leyenda, le dan el papel de mensajero, convirtiéndonos así en poco más que un personaje secundario de la trama de fondo. Un malvado Rey Demonio ha vuelto tras cientos de años para arrasar con todo y nosotros tenemos que… entregar un mensaje.

La premisa es cuanto menos interesante, pero no contaremos nada más de la trama porque tiene varios giros interesantes y divertidos, por no hablar de que está muy bien contada, sobre todo por la presencia de personajes tan carismáticos como el tendero. Este, además de permitirnos acceder a mejoras para nuestro ninja, hará gala de un buen sentido del humor y de una batería de historias inagotable, que da lugar a diálogos muy entretenidos para nada esperables en este tipo de juego.

Conforme vamos jugando iremos perfeccionando nuestra técnica, hasta que muramos por primera vez, momento en el que conoceremos a Guapifeo, un cautivador diablillo que, a cambio de permitirnos revivir y construir así un sistema de muertes y reintentos, se cobrará permitiéndose hacer chistes malos e impidiéndonos ganar dinero por un tiempo (a modo de deuda). Junto al tendero y otros personajes, conforman un panel de individuos la mar de divertidos que llegarán a hacer referencias metajugables y romperán la cuarta pared, con guiños a la propia industria del videojuego.

Las secciones más costosas serán los jefazos que, como el resto de personajes, tienen su pequeña trama asociada y la interacción con ellos siempre es divertida. Con el primer intento intentaremos aprender su patrón, que cambiará un poco conforme avance la batalla. Tras varios ensayos y con un poco de maña conseguiremos vencer a cualquiera sin demasiado problema, ya que no pretende aspirar a la carrera de fondo que implican títulos como Hollow Knight.

The Messenger luce increíble cuando vamos avanzando por sus niveles meticulosamente diseñados, en pantallas con sensaciones muy arcade que se suceden una tras otra en estilo 8 bits. O al menos, eso es así en las primeras horas de juego, porque luego la cosa cambia. Sí, el juego evoluciona completamente y pasa de un “pasillo” en el que realmente hemos ido aprendiendo mecánicas jugables y dominando el control de nuestro personaje, a dejarnos alucinados con un rollo 16 bits, con cambios en la banda sonora y en la propia estructura de juego, convirtiéndose este en un metroidvania. Esto es sin duda lo que más sorprende de The Messenger, aunque destaca también por muchas cuestiones como su control preciso o sus poco tediosos reintentos jugables. Esto se debe a que los puntos de control se encuentran correctamente situados y, salvo en una o dos ocasiones, no encontraremos frustración alguna tras morir. Cuando superemos las primeras horas de juego y acabemos en ese mundo de 16 bits, tendremos la posibilidad de hacer “switch”, como dinámica para aumentar la variedad de pantallas y construyendo así algún que otro puzle que nos obliga a jugar entre dos realidades a la hora de avanzar y resolver situaciones.

En comparativa, ciertamente encontramos algunas carencias, aunque nada destacable a excepción de la variedad de enemigos a los que derrotar. Viniendo de títulos metroidvania como Hollow Knight que se toman muy en serio esta característica, llegando a ponernos frente a cientos de contrincantes diferentes, cada uno con sus patrones de ataque y capacidades únicas, The Messenger presenta cierta escasez. No sería quizás tan notable si no fuera porque la duración del título es más larga de lo que parece en un principio, superando la barrera de las diez horas en las que, sin duda, nos encontraremos repetidamente con un mismo enemigo, sobre todo si vamos en busca de los coleccionables.

El estilo plataformas combina a la perfección con el combate que han creado en Sabotage Studio. Multitud de habilidades y herramientas se irán sumando a nuestro arsenal y al conjuntarlos y coordinarlos de la forma correcta nos moveremos como un verdadero ninja. Ejemplo de ello es el Paso de Nube, la primera técnica que aprendemos y una de las más importantes, que sustituye al clásico salto doble y que nos da la posibilidad de cambiar la trayectoria y movernos en el aire, pero siempre y cuando golpeemos algo con nuestra katana. Es una mecánica que te obliga a calcular los saltos, similar a como lo hace Celeste con su doble salto, pero tiene la desventaja de que, al avanzar, vamos obteniendo otras habilidades que quizás faciliten el desplazamiento demasiado, dejando en un plano más secundario esa necesidad imperiosa de precisión en el movimiento. Es divertido de combinar, pero no sentiremos su presencia.

The Messenger viene perfectamente traducido al castellano, una experiencia encomiable de disfrutar porque tenemos bastante texto que, si bien no es la clave del juego, es muy divertido y conocer a los personajes se transforma en toda una experiencia, pues tienen mucho que contar. La expansión gratuita de Picnic Panic salió el pasado año ampliando más aún la jugabilidad y proporcionando un cambio de aires muy cuidado, haciendo gala del interés que tienen en Sabotage Studio por dar un buen soporte a su obra. Como detalle final, la banda sonora inunda este título de nostalgia y de ganas de dedicar tiempo a cualquier otro juego de carácter retro una vez lo acabemos. 

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