Reproduciendo lo real

Artwork de Stellaris 2.

El videojuego es un útil recurso más allá del entretenimiento. Acostumbramos a verlos como una simple gamificación de historias, preparadas para que el jugador sea partícipe de ellas interactuando con el entorno generado de forma virtual, pero pueden ir más allá. Pueden verse como obras transmisoras de ideas o mensajes, como herramientas de visibilización, como enseñanza multicultural o histórica, incluso, como intentos de replicar actividades de nuestra realidad en pro del aprendizaje. No en vano, se han utilizado virtualizaciones de profesiones “de riesgo” o de proyectos complejos para que el usuario repase sus aptitudes. Sin ir más lejos, muchos de nosotros hemos demostrado nuestra coordinación ojo-mano a la hora de obtener un certificado médico para conducir, manteniendo un punto virtual entre dos líneas, algo relativamente simple para el jugador experimentado.

Llevamos más de un año sumidos en una situación anormal que ha cambiado nuestra forma de trabajar y relacionarnos, además de haber limitado nuestra vida en sociedad, no pudiendo visitar a nuestras amistades y familiares lejanos. Estos meses de dificultades los hemos pasado, como haremos siempre que las circunstancias lo permitan, distrayéndonos con videojuegos, cine y literatura. Y ha sido en este tiempo cuando he alcanzado a vislumbrar las ideas que presento en estas líneas sobre un género que siempre ha llamado mi atención: la simulación.

El mundo no parece tener solución aparente, pero aquí estoy, haciendo la decimoquinta entrega diaria como camionero en Euro Truck Simulator 2. ¿Qué encanto puede tener “trabajar” sin beneficio aparente? Bueno, a mi juicio se produce un curioso fenómeno: con el paso de los años hemos normalizado la existencia de diferentes tradiciones y puntos de vista que para nuestros abuelos eran un completo desconocimiento (o, al menos, no eran accesibles). No es el caso del oficio del camionero, de sobra conocido, pero sí hemos asumido multitud de culturas (y sus actividades asociadas). Hoy en día tenemos medios para conectar con gente en la otra parte del mundo y eso puede potenciar nuestro interés por algunas de sus actividades. Un ejemplo muy simple es la introducción del manganime al ideario popular occidental, antes limitado en base a lo que las empresas licenciaban y emitían o publicaban, dejando en la frontera nipona obras que, con los años, fueron llegando y convirtiéndose en clásicos de culto. Pero internet ha aumentado exponencialmente esa conexión y ahora es difícil no encontrar productos de interés en la enorme cantidad de entretenimiento que se produce en todo el globo. 

¿Y qué tiene que ver todo esto con la simulación? Aquí es donde el fenómeno hace acto de presencia y posibilita que demos rienda suelta a nuestro interés por “vivir” vidas ajenas. En los videojuegos podemos ser intrépidos aventureros cazatesoros encarnando a Nathan Drake, podemos reducir a simples sacos de carne que saquear a nuestros enemigos en Borderlands, pero también tenemos la opción de ser camioneros, o pilotos de avión, o granjeros, o alcaldes, gestores, empresarios de éxito, generales, soldados, emperadores y un sinfín de actividades.

snowrunner

En cierta medida, todo videojuego que presente algunos elementos de nuestra realidad puede ser una simulación en sí misma, pero es obvio que el interés de ciertos títulos se centra mucho más en emular actividades y funciones concretas, siendo esto lo que identificamos como simulación. Sí, es un término amplio y, si no acotamos demasiado, podríamos incluso hablar de la saga Yakuza como un simulador de la vida de gángster en una réplica de Japón. Pero en la simulación/estrategia es donde, quizás, deberíamos poner el foco. Ahí sí es más complejo de distinguir, pues los títulos de estrategia suelen llevar asociadas una serie de reglas extraídas en cierta medida de las concepciones que tenemos en nuestra realidad. Por ejemplo: en Stellaris, un gigantesco juego de estrategia hecho por Paradox, tenemos una enorme cantidad de variables que afectarán a la partida basadas en ideas como la diplomacia, los sistemas de gobierno (que reconocemos y hemos definido en la realidad), relaciones entre potencias, recursos, etcétera. Más allá de algunos elementos de fantasía y ciencia ficción, Paradox presenta, a grosso modo, un simulador de imperio interestelar.

 

En Anno, para sacar adelante nuestro imperio comercial, necesitaremos una correcta estrategia económica. Es por estos matices que me suele gustar emparejar estos géneros, pues a día de hoy gran parte de los simuladores implican algo de estrategia y esta, a su vez, es una simulación de condiciones más o menos reales. Mudrunner y Snowrunner son dos grandes ejemplos del interés por trabajos que nos son ajenos, funcionando ambos como una especie de simulador de transporte todoterreno. No es algo común, ni algo planteable para muchos, pero el interés que dicha idea puede suscitar en el usuario medio le hace “trabajar” sin la recompensa de una gran narrativa y solo viendo números crecer conforme completa entregas. No me avergüenzo de la centena de horas que he registrado en el simulador de “camionero espacial” que supone Elite Dangerous.

La simulación como género tiene mucho que ofrecer aún. El avance tecnológico fomenta cada vez más los mejores gráficos, las mejores mecánicas de juego, pero lo más importante es el abanico de posibilidades que se va abriendo poco a poco. Antes nos conformábamos con emular etapas de rally o Fórmula 1 (y lo seguimos haciendo), pero a día de hoy somos capaces de colocar al jugador en órbita a millones de kilómetros en los mejores simuladores espaciales, incluso haciendo uso de la realidad virtual, algo que solo tenía cabida en los rumores y fantasías noventeros.

En los meses más complicados de los últimos años hemos retransmitido conciertos, teatros y eventos de todo tipo. Pero también hemos retransmitido el planeta completo. Con el mundo entero a medio gas y con la imposibilidad de viajar para gran parte de la población, aparece el mítico Microsoft Flight Simulator para llevar a los jugadores a la otra parte del globo con la tecnología más avanzada y fiel a la realidad posible. Imágenes por satélite, meteorología y tráfico aéreo en tiempo real, así como una experiencia gráfica sin parangón para emular La Tierra como siempre habíamos soñado verla, justo en el momento que no podíamos hacerlo. En esta ocasión, nuestro interés por experimentar la vida de piloto se ve recompensado, aunque sea de forma virtual. Es curioso lo que puede llegar a ofrecer la realidad simulada.