Nunca quedarnos atrás

Jugar a videojuegos puede convertirse más pronto que tarde en una repetición vacía. Esto, que puede sonar pedante en un primer vistazo, tiene mucho más sentido si lo intuimos no como una crítica, sino como una reflexión. ¿Lo peor? Que el reduccionismo del ocio a un formato de lista de compra no es algo que se limite al medio videolúdico, sino que se propaga por todas las redes de la cultura capitalizada. La semana pasada hablábamos de cómo jugar a videojuegos puede acarrear ciertos problemas de cara a rutinas que son, cuanto menos curiosas. Esta vez, iremos un poco más allá.

Es fácil pensar en jugar a un título como podría ser Cyberpunk 2077. Utilizaremos este ejemplo por dos motivos principales: Me encuentro jugándolo, por una parte, y es una buena representación del mundo abierto en el medio, por lo que es más fácil asociarlo con lo que dijimos en el texto anterior (de nuevo, el link de arriba), además de con otros textos futuros. Me sirve como ejemplo, también, porque las dinámicas comerciales de la industria del videojuego, al menos la que corresponde a presupuestos desorbitados, se ven fácilmente reflejadas en la desastrosa salida de la obra de CD Projekt, que ha tardado lo suyo en funcionar bajo unos mínimos.

Y lo cierto es que lo estoy disfrutando, principalmente por la trama y estampas estéticas. El resto de fundamentos jugables no ofrece nada especialmente revolucionario y, al final, acabamos dando vueltas de un lado para otro resolviendo las situaciones a disparos que, de vez en cuando, se intercalan con conversaciones. Estas proposiciones cíclicas acaban por desgastar al jugador que, con el tiempo, entra por sí mismo en un bucle del que cuesta salir, resolviendo las cosas de manera rutinaria simplemente por completar el juego. Recuerda mucho a la idea de “trabajar” que proponíamos en el texto anterior, solo que aquí nuestro trabajo se basa simplemente en recorrer una ciudad completando encargos a cambio de dinero, experiencia y poder continuar una narración.

Pero todo esto no es más que una de las patas de la cuestión, que pasa por pensar en cómo estamos consumiendo los productos culturales que tanto queremos y de los que generamos contenido propio, o simplemente nos congregamos en grupos de fans, admiradores, etcétera. Alejandro, que parece estar queriendo posicionarse como aquel que me da todos los ganchos necesarios para construir textos a partir de los suyos, escribió hace algunas semanas acerca de un problema personal con respecto a su posición frente al mercado independiente de videojuegos. Esta cuestión, con sus matices y diferencias, es algo que puede afectarnos a muchos de nosotros y, en cierto modo, parece estar preparado para que nos afecte.

En lugar de disfrutar con lo que los autores quieren contarnos abriéndonos a sus sentimientos o su idiosincrasia, consumimos un título tras otro. Esto puede no parecer un problema, pero recordemos que un gran número de videojuegos además nos proponen gestionar, calcular y elaborar ciertas estrategias, dejando el disfrute en un segundo plano para abogar por la repetición. Volver de trabajar para gestionar la diplomacia, los turnos y la estrategia militar de Civilization VI es sorprendente, como también lo es echar 4 horas recolectando minerales en un sistema solar muy lejano dentro de Elite Dangerous, o transportar mercancías a riesgo de ser asaltado por piratas espaciales durante más de 1 hora de trayecto. Y, sin embargo, lo hacemos con gusto. Esto indica que no deja de ser una reflexión airada que no tiene más pretensiones que exponer la propia curiosidad del asunto, pero nunca está de más traer estas reflexiones.

Civilization

Por otro lado, esta vez refiriéndonos más a la cuestión principal de este artículo, tenemos cierto problema con el ocio. Alguno pensará que no, que disfruta de sus cosas cuando puede y ya, pero la cosa ha ido más allá de lo que podríamos pensar hace unos años. La presencia constante de las redes sociales, a las que estamos relativamente atentos, nos coloca en la difícil posición de ver cómo todo el mundo habla de algo. Esto a veces viene bien, claro. Recuerdo que, con la salida de Elden Ring, numerosos “profanos” en esto de los videojuegos quisieron apuntarse a probar nuevas experiencias y optaron por tantear con ese juego del que todo el mundo hablaba. Pero a menudo acabamos en desventaja social. Nuestros amigos y conocidos, por el motivo que sea, acaban obteniendo el tiempo libre en momentos diferentes a los nuestros. Esto descompensa los tiempos en los que disfrutamos de las cosas en común, retrasándonos una semana para, por ejemplo, ver ese último capítulo de la temporada de la serie del momento. Y sí, esto lleva pasando décadas, pero ahora existen tantas opciones que es imposible abarcarlo todo.

Yo, por ejemplo, disfruto mucho de los videojuegos, pero también de la lectura. No solo de libros, claro está, también de mangas y cómics. Ah, y algo de cine, ya sea animado o de acción real, así como series de diversa índole. Esto me coloca a mí y a muchos como yo en una posición maravillosamente complicada. Maravillosa, porque podemos diversificar nuestro ocio en numerosas actividades y conocer las historias que están ahí, esperando. Complicada, porque no tengo ni tiempo ni dinero para disfrutar de todo lo que me interesa. Esto, en ocasiones, ha llegado a presionarme mentalmente cuando han pasado un par de semanas y apenas he adelantado en algo que tengo pendiente. Es absurdo, el ocio debería entrar bien en el momento en el que encaja, sin forzarse sobremanera. Podemos proponernos algunos retos, claro, pero no pasa nada por no cumplirlos. Asumir que nunca llegaremos a experimentar todo lo que tenemos en nuestra lista de pendientes es un buen paso para empezar a disfrutar mejor de nuestro ocio, pero es un paso difícil de dar.

El sentimiento no pasa solo por quedarse atrás en algo, porque siempre podemos centrarnos en una cosa. Es más un problema multiplataforma, donde no existe el tiempo físico para suplir las ganas de disfrutar de todos los elementos a nuestra disposición. Queremos tachar de la lista, adquirir y siempre sumar, capitalizar el ocio y sentir que rentabilizamos nuestra inversión. Es cultura popular tener una estantería con libros sin leer, con juegos sin tocar. ¿Cuántos pagamos un servicio de suscripción y sentimos que no lo aprovechamos lo suficiente porque al final del mes no nos dio tiempo a ver más de 3 capítulos? Y ojo, escribo esto mientras me tomo unas “vacaciones” y, sin embargo, pienso a menudo en qué jugaré cuando vuelva a casa, qué serie empezaré y cuál será el próximo libro.

Las producciones están fabricadas para crearnos una necesidad. Es obvio que queremos disfrutar de las series de los universos que nos gustan y siempre está bien tener contenido extra, pero hay que ver hasta cuándo queremos capitalizar al máximo y dejar seca a una franquicia. Tal vez, en lugar de cientos de series sobre lo mismo, sea interesante apostar por nuevas ideas. Incluso ideas dentro del mismo universo, pero algo más dispersas y alejadas de lo principal (Star Wars, te miro a ti), o con más chispa (Marvel, enseña algo que me interese de verdad). Siempre andamos buscando una sensación de descubrimiento, de encontrar una nueva obra y sorprender a nuestros allegados con semejante joya oculta. Pero cada elemento mainstream que surge y cada vez que tenemos la necesidad imperiosa de consumirlo nos separamos de esa búsqueda algo pausada para dar pie a un consumo voraz. Es curioso cómo a nuestras vidas, repletas de cosas a las que jugar y ver, siempre hay que ponerle más deberes, aunque nunca parezca que pasemos de curso. Y es que ser productivos hasta en lo que queremos disfrutar es demasiado.