Contemplación versus desafío

¿Queremos puro entretenimiento o queremos una narración profunda? Bueno, entre otros aspectos, siempre encontraremos ejemplos que se decantan por mezclar estos apartados en lo que suele considerarse la excelencia: un poco de todo. Pero a menudo solo buscamos un desafío, o solo vamos a la caza de nuevas narraciones que no exijan habilidad e incluso, tal vez, busquemos algo puramente contemplativo. Dorfromantik, la obra a la que van dirigidas estas palabras, dibuja una fina línea entre el reto y la pura estética contemplativa.

A la hora de disfrutar de un videojuego es complicado buscar el desafío adecuado. Cuando no buscamos el “pack completo” al que nos acostumbran los triples A (con su correspondiente suma de horas) tendemos a escudriñar en torno a lo indie, siempre a la caza de nuevas joyas que, sin presupuestos exacerbados, nos ofrezcan algo especial. Siempre ha existido (y parece que seguirá existiendo) un doble rasero a la hora de medir el videojuego. 

Hace poco veía la luz Townscaper, la primera idea comparativa con la que muchos han asociado a Dorfromantik. Sin embargo, la similitud es algo errónea, pues este se concibió más como una “herramienta”: útil para algunos, disfrutable para otros y, a su vez, poco adecuada para quien solo busca “jugar” en un sentido estricto. Pero el reciente Dorfromantik, de Toukana Interactive, un pequeño estudio berlinés, va por otros derroteros.

Siempre he sido un activo jugador de la estrategia civil, pero reconozco lo obtuso del género y lo complejo que es introducirse en un título que, de antemano, sabemos que nos ocupará decenas de horas dada su complejidad. La completa nulidad de mecánicas “de guerra” en este tipo de estrategia constituyen un desafío: sin batallar para ganar, hay que desarrollar un producto atractivo en el que el jugador construya y siga obteniendo recompensas. Por tanto, las dinámicas de juego acaban siendo rellenadas con una enorme cantidad de variables que, sin ser necesariamente negativas, pueden convertir, por ejemplo, un city builder como Anno en una saga algo engorrosa. A algunos nos encanta, pero hemos de reconocer que su curva de entrada puede suponer un gran tropiezo inicial. Aquí, Dorfromantik se presenta a sí mismo como simple y relajante y, como tal, nunca esperaríamos el reto que teníamos por delante.

Toukana Interactive ha conseguido convertir un tablero en el que distribuir piezas hexagonales de forma estética en un desafío de autosuperación constante que, además, se encuentra en acceso anticipado, siendo gratamente ampliable en un futuro con nuevos modos de juego, añadidos de la comunidad y otros extras que complementarían a la perfección una experiencia que, de por sí, ya es capaz de garantizarnos una decena de horas sin demasiados problemas. 

En Dorfromantik comenzamos con un número limitado de baldosas (o piezas) hexagonales que iremos integrando en el tablero. El objetivo, sin ir más lejos, es obtener la mayor puntuación posible realizando combinaciones de elementos comunes y completando “misiones” que aparecen en forma de burbuja. Ampliando nuestro tablero poco a poco generaremos pueblos, ríos, trayectos en tren, bosques, etcétera. Nosotros decidimos dónde colocarlos, pero gastar las piezas de forma inadecuada nos impedirá completar misiones y, por ende, no obtendremos nuevas baldosas con las que seguir consiguiendo puntos, lo que culminará con un game over

Esas misiones suelen consistir en, simplemente, sumar elementos a los grupos que ya tenemos. Por ejemplo: si tenemos una pequeña aldea, puede que necesitemos juntar al menos 5 o más casas para que, enlazadas, formen un grupo más grande. Debemos cuidar la disposición, pues cada baldosa integra elementos de forma diferente y si cerramos un grupo antes de tiempo no completaremos la misión. Pero claro, no nos servirá llevar una línea de bosque hasta el infinito, pues a menudo aparecerán banderines que, si cerramos el grupo en el que están, multiplicarán nuestros números rápidamente, fomentando que separemos los conjuntos. Al final, nos encontramos en una diatriba constante entre cuánto debemos mantener un grupo para aprovechar su cantidad de objetos de cara a nuevas misiones, o si debemos cerrarlo para beneficiarnos adecuadamente.

Todo va bien hasta que la primera misión con un número fijo aparece y, entonces, no nos valdrá lo ya creado porque hay más objetos de la cuenta. Este aspecto le da al juego una mayor profundidad de la que pueda parecer en un principio y que, sumada a la complejidad de manejar ríos y vías, puede hacer que echemos más de una hora en una sola partida. Además, lo que en un inicio nos parece imposible, se facilita conforme más jugamos, pues desbloquearemos nuevas casillas a medida que superamos puntuaciones y desafíos.

Pero como comentábamos al inicio, Dorfromantik hace algo especial a la hora de moverse entre el reto y la estética. A menudo, nuestra mente nos engañará colocando casillas donde no debíamos pero sí había cierto atractivo. Y es que en general caeremos en un tira y afloja para construir una especie de maqueta, como si del clásico Transport Tycoon se tratase, pero con una potencia visual mucho mayor, equilibrando entre la belleza y la eficiencia. Según la zona, además, los elementos reciben ciertas variaciones de color que le da un aspecto más otoñal o, por ejemplo, más veraniego, haciendo que conforme jugamos partidas no terminamos de cansarnos de una coloración concreta, sino que siempre irá ampliándose y variando.

Dorfromantik ha despertado mi amor por la construcción “cuqui” y completamente alejada del trabajo en sí mismo. Es puro placer que, sin darnos cuenta, se convierte en desafío. Pero un desafío en segundo plano al que somos capaz de enfrentarnos incluso empleando música ajena al título, utilizando nuestro propio entretenimiento sonoro y simplemente disfrutando de lo visual pretendiendo colocar las baldosas en las posiciones más eficientes y, a su vez, más armónicas. 

Siempre hay tiempo para desconectar

Romper los moldes de una curva de dificultad pronunciada propia del city builder es, además, motivo de elogio. Pese a aparentar simpleza, a medida que jugamos vemos cómo la forma de optimizar procesos y organizar edificios no era la mejor, como suele suceder en estos casos. Pero en Dorfromantik este aprendizaje se produce en menos de una hora de juego y, pronto, nos veremos retándonos a nosotros mismos para conseguir nuevas puntuaciones y reiniciar una y otra vez con cada fin de partida. A poco que nos demos cuenta, varias horas habrán volado, convirtiéndolo en uno de esos títulos que encajan a la perfección con nuestros ratos de desconexión.


Este análisis ha sido realizado con un código de descarga para PC cedido por Toukana Interactive.

+2