Bendita temporalidad


Recuerdo escribir sobre ‘clásicos atemporales’, expresión de infinitud inherente, hace poco. Muy, muy poco. Quizás hace menos de un lustro, con unas expectativas desorbitadas depositadas sobre Kingdom Hearts III, hablaba en algún artículo sobre cómo la segunda entrega numerada de la serie había revolucionado el género del rol japonés en PS2. Puede que, algo más atrás en el tiempo, se me llenase la boca hablando del porqué, sin importar los años que pasasen, todo aficionado del medio debía de, al menos, catar la inconmensurablemente memorable experiencia que supuso y aun a día de hoy supone Final Fantasy X. Ambos títulos, dos de los favoritos personales de un servidor, explicitan a día de hoy – ya sea a través de sus remasterizaciones o de la obra original – una realidad diferente, más gris; el tiempo pasa por todo, por todos. Menosprecia. Y daña.

No todo queda reducido, por fortuna o por desgracia, a una cuestión meramente técnica. De manera paralela a su acercamiento al fotorrealismo, el videojuego ha evolucionado drásticamente, no solo en lo visual, sino también en su cuerpo lúdico. Los mundos de juego no son solo más grandes, más bonitos, y sino que también están más vivos y tienen más sentido. Las narrativas no son solo más extensas, sino también más coherentes, y están mejor construidas. El dilema, entonces, reside en encontrar una lógica – más allá del afán por culturizarse – que incite a disfrutar de unos juegos viejos globalmente inferiores, y que quizás pueda hallar una justificación en aquellas briznas de maestría que quedaron grabadas principalmente en los clásicos reconocibles y que siguen siendo disfrutables y apreciables a día de hoy.

Pese a cargar con la pequeña losa de la década a sus espaldas, Xenoblade Chronicles (o simplemente Xenoblade, para amigos y japoneses) es ya uno de esos clásicos reconocibles que muchos se empeñan en disfrutar a día de hoy. Con una secuela pseudo-independiente en la calle que jamás me cansaré de reivindicar como uno de los mejores títulos del catálogo de Switch, no faltan motivos para descubrir Bionis por primera vez, y Definitive Edition hace un gran trabajo actualizando la base de la obra para maximizar el disfrute de los nuevos allegados, pero se postra conservadora al no lograr subsanar todos esos fallitos que ya estaban ahí, pero que el tiempo no ha hecho más que agravar.

Como puesta al día, desde luego, funciona como un tiro, y es que el cambio de motor y los remodelados de los personajes acaban siendo tremendamente agradecidos con respecto a los desfigurados e inexpresivos rostros originales. Los menús, completamente remodelados, son ahora explicativos y agradables, y las nuevas señalizaciones provocan un feedback visual mucho más satisfactorio. En definitiva, Monolith Soft ha realizado un trabajo fascinante en este campo, que vuelve a difuminar la línea entre remaster remake tal y como lo hacen las obras de Bluepoint Games, si bien en el rediseño de ciertos elementos gráficos ha expuesto todas aquellas animaciones y detalles que, antaño difícilmente perceptibles, ahora saltan a la vista, rompiendo la armonía del conjunto. No es algo que se vea apoyado por la escasa resolución de la aventura (marca de la casa), especialmente en un modo portátil que deja sensaciones irónicas a los mandos al ofrecer un resultado poco nítido en un trabajo de remasterizado, pero al menos su inclusión se ha visto acompañada por un Modo Experto que ajusta el desafío ofrecido según nuestras preferencias y por un Modo Relajado que, por contrapartida, rebaja el nivel de los rivales para configurar sin ningún tipo de penalizaciones una experiencia más permisiva, óptima para amenizar las sesiones de grindeo. Porque sí, ahí siguen.

Hablar de “sesiones” podría incitar a más de uno a llevarse las manos a la cabeza, pero lo cierto es que hay pocos eufemismos que le puedan hacer justicia. Xenoblade Chronicles es un juego de otra época; una época en la que el ‘más grande’ sinonimiaba con ‘mejor’, y en la que muchos, recién graduados en Economía, calculábamos la rentabilidad de un juego en relación al tiempo por euro invertido. Preso de sus circunstancias, el que para muchos sigue siendo el magnum opus de Monolith exhibía con orgullo sus picos de dificultad como agente elongador de su peregrinaje, y sacaba pecho de todas y cada una de sus cuatrocientas (y, casi en consecuencia, anodinas) misiones secundarias. Es ilógico pensar que una propuesta tan desmesurada no plantee ciertos altibajos en, al menos, momentos puntuales, y esas asperezas se han mantenido intactas, casi como algo inherente a la experiencia original.

Sin embargo, supongo que habla muy bien de la propuesta como conjunto el hecho de que su mayor defecto se halle en su exagerada ambición. Su jugabilidad, por ejemplo, ha logrado resistir al paso del tiempo, y aguanta el centenar de horas sin caer en el tedio tal y como aguantaba en su día. Parte de su éxito se encuentra en su naturaleza contemplativa y en el tratamiento hacia el jugador realizado por su sistema de combate, que, con esos tintes de MMORPG que tanto tienden a alejar a los más conservadores, logra anticiparse a las acciones del usuario de una manera muy inteligente. Y es que el combate en Xenoblade dista mucho de lo visto en otros exponentes del género, basándose considerablemente en el reposicionamiento y sacrificando dinamismo y mecanicidad en pos de ser coherente consigo mismo. El ataque básico de cada integrante del grupo, sin ir más lejos, es automático, pero porque en sus batallas no hay cabida para pausas u otros movimientos ajenos a él. Bajo la superficialidad de las primeras horas, se ocultan decenas de capas de profundidad que hacen de la lucha algo exquisito.

Y tal y como resulta importante aprender a disfrutar cuanto antes de su sistema de combate, también hay que aprender a valorar una historia que no destaca por la construcción y evolución de sus personajes, y que peca singularmente de interrumpir el ritmo jugable con sus incesantes cinemáticas, pero que parece estar hecha con decenas de giros de guion en mente y que consigue desenvolverse con un ritmo envidiable. No me malinterpretéis: con sus secuencias magistralmente dirigidas y sus infantiles diálogos, la épica epopeya de Shulk supone una aventura que merece la pena conocer, pero que aún así queda algo lejos de los grandes referentes narrativos entre los que se suele nombrar y, si me permitís, también de una secuela que centraría su premisa en el olvido en lugar de en el recuerdo de aquello que nunca pasó. Logra configurar, pese a ello, un escaparate perfecto para disfrutar de las que verdaderamente serían sus principales virtudes; una escalera al cielo que serviría, diez años después, para que aficionados al género como un servidor pudieran recomendar abiertamente la obra a todos los públicos, sin importar su afinidad con esa historia de corte tan sumamente japonés o con aquellas bases jugables que citábamos más arriba.

Porque si hay algún motivo por el que merece la pena descubrir el mundo de Xenoblade Chronicles es precisamente por él mismo; por sus infinitas praderas y por las colosales criaturas que las habitan. Los titanes inertes sobre los que se desarrolla la plenitud de la entrega tienen cabida para entornos inconcebibles en lo artístico, pero siempre lógicos en su construcción. Cada ecosistema se encuentra repleto de vida, con decenas de monstruos únicos – algunos de ellos, con nombres y apellidos – que esperan a ser descubiertos, y que exhiben en su pasividad un mimo inaudito, proporcionando una sensación de descubrimiento constante que muchos otros habrán experimentado en obras más recientes como The Legend of Zelda: Breath of the Wild; no es de extrañar que desde Nintendo ficharan al equipo de desarrollo para la confección de su universo. Ya sea descubriendo los bosques lluviosos de Bionis o paseando por las industrializadas playas de Mekonis, la facilidad para sentirse como una hormiga en el ancho mundo propuesto es pasmosa, especialmente cuando uno vislumbra en el horizonte aquella colonia que visitó hace diez horas (pese a no encontrarnos en un mundo abierto como tal) o alguna parte identificable del titán que se encuentra explorando.

Son sensaciones únicas, que justifican una compra y que, además, se ven elevadas a la undécima potencia cada vez que la banda sonora hace acto de aparición. La otra gran protagonista de la obra acaba siendo la responsable de firmar los momentos más memorables de la entrega, aportándole un significado único al conjunto e incitándonos a perdernos en él durante horas, y horas, y horas. Completamente remodelada para la ocasión con gran tino (si bien se habría agradecido una opción para disfrutarse en su edición original), en su haber se encuentran temas como “Engage the Enemy” o “You will know our names” que erizan la piel, y que recuerdan a otros grandes proyectos de Yoko Shimomura y Yasunori Mitsuda, principales responsables de la pieza. El tratamiento es acorde en el resto del campo sonoro, con unos muy buenos efectos de sonido y un doblaje original que raya a buen nivel, y que ahora nos permite escoger entre inglés y japonés (haceos un favor escogiendo la segunda opción, por más que sus subtítulos estén desincronizados).

Futuros Conectados
Existe un último añadido de peso que he evitado mencionar a lo largo del artículo, por más que eso supusiera acabar con una nota algo más negativa de lo usual. La llegada a las tiendas de Xenoblade Chronicles: Definitive Edition se ha visto acompañada por la inclusión al lore de un epílogo completamente diseñado para la ocasión, Futuros Conectados, que extiende la historia del original y despeja misterios sobre la continuación de Shulk y compañía, pero que, ante todo, supone un incentivo de compra extremadamente jugoso para aquellos que disfrutaron del original, pero que no estaban dispuestos a pasar por ese peregrinaje de nuevo (ahora tampoco tienen por qué hacerlo; la propuesta da la opción de empezar en el epílogo directamente). A un nivel muy general, cabe decir que Futuros Conectados funciona muy bien; divierte, proporciona información adicional y entretiene con gusto durante la más de diez horas que puede llegar a durar. Su combate es considerablemente más simple, y la historia contada, protagonizada por Melia, se conforma con dejarse disfrutar, pero gestiona bien los tiempos y acaba siendo un añadido agradecido. No obstante, la decisión de incluir un epílogo a un conjunto ya cerrado supone una responsabilidad equiparable a la de una secuela, pues, al final del día, nos encontramos ante una continuación directa del juego original. Y si bien puede ser del gusto de muchos (entre los que se encuentra un servidor), es de justicia admitir que habría sido interesante que se nos hubiese dado un poquito más; que se hubiera aprovechado la ocasión para cerrar más frentes abiertos, y que la épica del original (y de su secuela) hubieran salido a relucir con mayor fuerza que nunca. Tocará esperar para verla de nuevo en su máximo esplendor.

Billete solo de ida a tiempos mejores

Galardón-Plata-HyperHypeXenoblade Chronicles: Definitive Edition hace justicia a su nombre, y supone un retorno muy vitaminado a un juego que, pese a ser presa de su propio tiempo, acaba siendo único en su forma de entender su mundo y de darle coherencia a través de todos los medios a su alcance. La obra original, concebida para ser disfrutada una única vez, se compuso de una ingente cantidad de sistemas independientes que, irónicamente, funcionaron a las mil maravillas, y los arreglos realizados para la ocasión, mayoritariamente imperceptibles, hacen del título un producto valioso casi como prisma de estudio del videojuego, como obra cultural. Porque es ilusionante imaginar cómo la abrumadora belleza de sus entornos pudo moverse con soltura en Wii hace ya más de diez años, entre otras incontables lecturas. Puede que el tiempo pase por él; que sus mecánicas se resientan y que técnicamente se torne obtuso. Pero esa ilusión, ese valor histórico, no desaparecerá jamás. Por más tiempo que pase.


Este análisis ha sido realizado con un código de descarga para Switch cedido por Nintendo.

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