Force feedback

Coconut Beach como punto de partida, un Ferrari Testarrosa y nuestra novia de copiloto; así comienza el viaje de Out Run, un viaje que se nos presenta, gracias a sus paisajes, tan idílico que parece salido de un sueño de su creador, Yu Suzuki, pero que lejos de ello está inspirado en localizaciones reales, aunque representadas de una manera tan colorida y mágica que sentarnos por unos minutos en el mueble que acompañaba a la recreativa nos permitía evadirnos de la probablemente ruidosa y sucia sala de máquinas en la que nos encontrábamos para disfrutar de una conducción arcade tan preciosista como fugaz si no éramos lo suficientemente diestros al volante.

Y es que una de las virtudes inherentes de este medio que tanto apreciamos ha sido la de transportarnos a otras realidades, ya sea al espacio exterior o a mundos de fantasía, incluso permitiéndosenos ahora alterar nuestro alrededor con aplicaciones como la realidad aumentada, por no hablar ya del escapismo que supone la realidad virtual; pero antes de esta época de cascos, controles por movimiento y potencia gráfica en el salón de casa las recreativas eran el centro de todas las miradas, por ser un referente técnico inalcanzable en un principio para las consolas, y por permitirnos -en algunos casos- un mayor grado de inmersión gracias a espectaculares muebles, que servían a su vez de carta de presentación para aquellos usuarios ávidos de gastar monedas.

En este grupo de los muebles espectaculares encajamos a Out Run, que vino precedido de otro éxito de su creador como fue Hang-On (Sega, 1985), un título similar en concepto y ejecución técnica que, aunque notable y sin duda muy meritorio -cambió lo que serían los salones recreativos en los años venideros- , carece de esa magia que hace tan especial al juego del Ferrari.

El sueño de Yu Suzuki, un apasionado del motor, comienza con la película Los locos del Cannonball (Hal Needham, 1981), un desquiciado film protagonizado por Burt Reynolds que le sirvió de inspiración y que narra una carrera clandestina sin reglas de costa a costa de los Estados Unidos en la que participarán personajes de lo más variopinto conduciendo desde un impresionante Aston Martin a una ambulancia. Estados Unidos era el escenario que el creador japonés tenía en mente, pero que finalmente descartó por considerar sus paisajes algo monótonos, decantándose finalmente por viajar a Europa para documentarse.

Decidida Europa comenzó un extenso viaje de documentación que empezó en Frankfurt, con un coche alquilado y una cámara para grabarlo todo en cuya bovina quedaron registrados los paisajes de Mónaco, Montecarlo, Suiza, Venecia o Roma, muchos de los cuales veríamos posteriormente plasmados con la peculiar estética del juego. Quiso apegarse Suzuki más a la película de referencia e incluir personajes seleccionables y más vehículos, pero las limitaciones de presupuesto y de plazos le impidieron plasmar esta visión mas extensa en la obra, quedándonos (y no es poco) con el juego que hoy conocemos. Fue en Mónaco donde se enamoró del hoy icónico Ferrari Testarrosa, y ya con la limitación de incluir un solo coche en el juego no dudó ni un segundo en que este sería el elegido.

Pero lo importante aquí no es el coche sino conducir y sobre todo disfrutar del viaje, y si hay algo que siempre me ha fascinado de Out Run son sus transiciones de escenarios, que creo que es lo que lo hace tan especial. Pasar en un segundo de estar en una zona costera a una desértica o a unos bellos campos de flores es algo que no era muy común en juegos de la época, como tampoco lo era el tener diferentes rutas a elegir. Cada una de ellas compone unos paisajes que sin mostrar un realismo como el que vemos hoy en nuestras consolas resultan tan bellos como ya icónicos para este medio, y que nos transmiten sensaciones que casi se pueden tocar como la libertad o el verano. Ese “Passing Breeze”, título de una de las melodías seleccionables al principio de cada partida, no puede ser más acertado, pues casi podemos notar la brisa mientras conducimos. Todo esto encapsulado en una partida que nos puede durar unos cuantos minutos, y es ahí donde se me ocurre el título para este artículo, pues son unos minutos tan mágicos y pasan tantas cosas que casi podríamos decir que son producto de un sueño, aunque si onírico me parece el viaje de este Out Run, mucho más, incluso lisérgico diría yo, lo es el que nos brindó Suzuki en el previo Space Harrier (Sega, 1985), que aquí adopta la forma de juego de disparos sobre raíles, en un universo con unos escenarios, un uso del color y unos enemigos tan singulares que parecen salidos de la mente de Salvador Dalí. Todo ello se mueve a gran velocidad, como en Out Run, gracias al motor “Super Scaler”, un avance para la época que tardó años en ser igualado por la competencia.

De lo que no cabe duda es de que Yu Suzuki quiso crear con Out Run una experiencia lo más disfrutable y cercana a la conducción posible, pero dirigida al placer de conducir con mayúsculas, y ello lo vemos en detalles como el manejo tan realista o lo detallado del mueble de la recreativa, pero sobre todo en la estructura del juego en sí, y es que en Out Run no competimos contra otros rivales por un puesto en una clasificación sino que competimos contra el cronómetro, por lo que tener que escalar posiciones no será una preocupación. Lo importante es el viaje y llegar, y ese viaje no hubiera sido igual sin la música, esa música.

La banda sonora de Out Run es una de las más emblemáticas del medio.

Podemos seleccionar la melodía a escuchar desde la radio antes de empezar la partida, y elegiremos entre tres. A la ya mencionada “Passing Breeze”, hay que sumar “Magical Sound Shower” y “Splash Wave”, conformando una de las bandas sonoras más recordadas del ámbito de los videojuegos. Compuestas por Hiro Kawaguchi, que ya había trabajado con Suzuki en Hang On y Space Harrier, suponen un auténtico tributo al jazz, latin jazz, fusión y a artistas como Santana y redondean una experiencia que, desde luego, no sería igual con otras melodías.


Ciertamente la experiencia no es la misma en casa que en un salón recreativo, pero por desgracia estos ya no abundan, así que tendremos que conformarnos con vivir la experiencia Out Run desde una de las numerosas conversiones que han ido apareciendo a lo largo delos años. Sea como sea el viaje es hoy tan disfrutable como lo fue en 1986 y Out Run es uno de esos juegos que definieron una época y que todos los que amamos este medio deberíamos probar.

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