Nuestra industria se hunde en una espiral de toxicidad que no hace más que crecer

Algo muy español es el extremismo. El extremismo y la falta de autocrítica, me atrevería a decir. Lo que nos gusta, lo nuestro es lo mejor, y lo demás es el mal. Esto se ve cada día en multitud de aspectos de la vida cotidiana. Si soy del Real Madrid, el Real Madrid es el mejor equipo del mundo, y cualquiera de sus rivales directos es el mal. Quiero que el Barcelona pierda todos los partidos, afecte o no a mi equipo. Lo mismo con la política. Mi partido es el mejor, perfecto e impoluto, y me agarro a cualquier cosa que hagan mal sus rivales.

La falta de objetividad, empatía y autocrítica en nuestra sociedad es, sin duda, uno de los grandes problemas que nos ha llevado a donde estamos. Somos una sociedad envidiosa, donde sólo hay blanco y negro, y donde la gente que ve los grises son unos bichos raros. Son los enemigos de los que ven el blanco y los enemigos de los que ven el negro, simplemente porque no ven el mismo color que ellos.

Gas mask

Llevamos años luchando porque los videojuegos dejen de ser cosa de niños y que se respeten como arte pero, cuando parece que empezamos a conseguirlo, nos dedicamos a demostrar que, efectivamente, ya no son cosa de niños; ahora son cosa de niñatos. Y si son arte eso ya no interesa. Los videojuegos se han convertido en una de las comunidades más tóxicas de internet, que ya es decir. Casi como parte innata de esto, tenemos a los fanboys, capaces de contaminar absolutamente todo porque un juego o un servicio no está en su consola favorita. Siempre han existido, pero normalmente su expansión social se limitaba a patios de recreo y discutir qué versión de Aladdín era mejor. Seguramente, nadie le mandó una carta a Shinji Mikami para amenazarlo de muerte por la versión de SNES.

Esto me lleva al siguiente punto. Los artistas —porque hemos acordado que los videojuegos son arte, ¿no?— se ven amenazados si su visión artística no corresponde con la de ciertos grupos. Por suerte, las cosas han cambiado mucho en los últimos años y tenemos todo tipo de protagonistas. En Watch Dogs 2 tenemos a un protagonista negro, a otro con autismo o a una concejala transgénero que son tratados con total normalidad. Su raza o sexualidad no juega ningún papel en la historia. Pero ¿qué pasa si un juego se desarrolla en una época y en una zona donde ser negro, tener autismo o ser un hombre que se siente mujer no podía ser tratado con normalidad? Obviamente, aquí entra la visión creativa del artista. Si decide alterar ese universo para que tengan cabida, pues genial; para eso es su obra. Pero si decide no alterarlo, se convierte en el enemigo de quienes no ven la gama de grises.

watch-dogs-2

He estado intentando encontrar las palabras exactas que causaron todo este caos, y hasta el momento nadie me ha podido señalar exactamente cuáles fueron. Estoy seguro de que Dan Vavra, director de Kingdom Come: Deliverance, ha dicho algo para generar tales reacciones, pero no he conseguido encontrar cuál fue el detonante. Y, repito, estoy seguro de que hay algo, pero no será tan grande, obvio o concreto para que sea tan difícil de encontrar.

Y no digo que Vavra sea un santo. A través de sus me gusta en Twitter queda claro que Vavra tiene ideales de derechas —o incluso extrema derecha—, como, seguramente, otros muchos de vuestros desarrolladores favoritos. Hacer videojuegos no te hace de izquierdas. Ni jugarlos tampoco. Ahora; que alguien no esté con nosotros en lo político no lo convierte en nuestro enemigo porque venga a hablar sobre un videojuego.

Politizar los deportes no ha servido para nada más que para crear más diferencias entre nosotros y para convertirlos en herramientas políticas. ¿Queremos que los videojuegos se conviertan en lo mismo? Bastantes problemas tenemos ya con los políticos y los videojuegos para encima ponérselo más fácil. La política es una guerra que tenemos que ganar en otro campo de batalla. Al fin y al cabo, el arte cristiano se puede valorar por el talento del artista sin el filtro de la religión. Incluso se puede estudiar el arte propagandístico sin caer en su propaganda. O hasta se puede reconocer el gran trabajo de diseño que realizaron los nazis para crear su marca sin que eso te convierta en uno de ellos.

No podemos esperar que traten nuestra industria como un arte si no podemos separar al artista de su obra, y no podemos esperar que nos traten como una industria adulta si nos seguimos comportando como niñatos. Y, ya industria aparte, nunca está de mal recordar que porque tú veas blanco o negro, que yo vea gris no me convierte en tu enemigo.