Papel de fumar

Casi sin concebir distinción alguna entre aquellos que se han visto gravemente afectados por la situación determinada por el COVID-19 y los privilegiados que nos hemos mantenido al margen del conflicto vírico, resulta innegable que la pandemia ha cambiado aspectos de nuestra personalidad, instándonos, por ejemplo, a añorar muchas de las pequeñas cosas que antes despreciábamos o tendíamos a banalizar. Ese odioso paseo matutino de camino al trabajo, volver a apuntarse al gym por cuarta vez en el año; sentirse activo. Salir de fiesta por compromiso, arrepentirse a la mañana siguiente, y mantener, entre ambos momentos, decenas de conversaciones de calle que no van a ningún lado, pero que de alguna forma se antojan – especialmente ahora, en retrospectiva – necesarias.

 

 

Paper Mario: The Origami King tiene algo de esto último. La nueva obra de Intelligent Systems, tras haberse postulado – aunque no por méritos propios, precisamente – como la principal apuesta original de Nintendo para este año 2020 (con permiso de Animal Crossing: New Horizons), se plantea como un necesario pasatiempo de exploración anodina tridimensional. Uno especialmente directo y coherente, que explicita sus intenciones desde el primer minuto, pero que tampoco se molesta especialmente en disimular sus principales gazapos.

Una buena prueba de ello llega de la mano del que probablemente sea uno de sus mayores reclamos, presente desde su propio nombre, y es que la divertida estética de la entrega, que presenta claras reminiscencias a Yoshi’s Woolly World pero sobre todo al Tearaway de Media Molecule, acaba siendo funcional y llamativa, por más que dicho acabado se sienta como una acomodación dentro de una experiencia audiovisual conocida. Es algo también aplicable al sonido, a esa monocromática retahíla de más de doscientas melodías de gran calidad que suenan a Mario y que rezuman buen hacer por los cuatro costados, pero que parecen estar cortadas por un mismo molde y que, cobardes, nunca tratan de optar al protagonismo que merecen.

Este patrón determina gran parte del conjunto videolúdico que entraña la obra, aunque este se encuentra tan sumamente sazonado por el humor tan orgánico e infantil que caracteriza a la saga que en ocasiones termina siendo imperceptible al paladar. Es en dichos momentos, aquellos en los que el juego se ve relegado ante la mera sucesión de pequeños monólogos y bromas visuales, cuando el conglomerado saca a relucir sus mejores galas, y es que The Origami King parece sentirse extremadamente cómodo en las distancias cortas; en esa carcajada esporádica que hasta uno mismo se sorprende de dar, y en esas subtramas que comienzan, se desarrollan y concluyen en escasa media hora, y que dejan en boca el mejor de los sabores. Son momentos que abundan y que, de hecho, hacen que la propuesta sea recomendable a un público quizás más amplio del que se merece. No obstante, incluso en su exceso encuentran problemas para mantener la atención del jugador durante las más de dos docenas de horas a lo largo de las cuales se extiende la aventura.

El problema viene de familia. Con ya veinte años a su espalda, Paper Mario siempre fue una subsaga avezada en la superficialidad, y su última incursión hace más bien poco para cambiar el rumbo de una franquicia más centrada en sí misma que en el ecosistema del que forma parte. Se heredan problemas de ritmo que el capítulo podría haber solventado con tan solo un par de rápidas miradas a su alrededor, y lo que intenta aportar al género viene determinado por un sistema de combate basado en turnos inusualmente táctico que cumple y resulta respetuoso con sus predecesores, pero que tampoco es consciente del extenso conjunto del que forma parte.

La nota positiva que precede a la conclusión viene dada esta vez por la localización, donde se ha vuelto a realizar un magnífico trabajo superando los estándares impuestos por el mercado. Cabe reivindicar su relevancia en una propuesta como esta, cuyo humor se encuentra diluido en un conjunto jugable que lo toma como un punto pivote sobre el que volver en sus mayores momentos de tedio jugable, y que socorre al resto de apartados cuando lo necesitan sin apenas despeinarse. Desde los amenos diálogos repletos de chascarrillos y referencias que tienden a desfilar por la pantalla cada pocos minutos hasta los momentos musicales que protagonizan determinados personajes, todo el material original ha sido tratado, en apariencia, con un mimo extraordinario, por lo que no podríamos encontrar un momento más oportuno que este para agradecer su labor a los profesionales encargados de la traducción de este y del resto de apuestas de Nintendo.

Otra (necesaria) reivindicación del videojuguete

Divertido e instantáneo, The Origami King defiende su existencia en su naturaleza como oasis; en el hecho de que no necesariamente un título es menos válido por no dejar un poso en el jugador, y en la realidad indiscutible de que, de hecho, el medio necesita obras así; de que, como jugadores, necesitamos obras así. Y es que como entretenimiento ocasional, si uno se empeña en menospreciar – que no olvidar – sus defectos o en obviar cómo su gran potencial acaba haciéndole un nulo favor al género del RPG, el último acercamiento a la franquicia Paper Mario no puede resultar más sincero y directo. Un título con poco más que buenas intenciones que cada uno, desde el palco de su modo subjuntivo, puede fumarse relajadamente, con total serenidad. Casi sin atender a que, una vez acabado, lo único que restará de él será humo y ceniza.


Este análisis ha sido realizado con una copia para Switch cedida por Nintendo.

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