No importa el cuándo

Érase una vez una noche solitaria en la ciudad de las palabras hastiadas. Un hombre cuya silueta se entrecortada por la luz del portal número 29 de la calle Saudade hizo un leve movimiento inspirando el frescor de la noche. <<Acogedora oscuridad>>. Pensó antes de echar andar repentinamente por la calzada de trazos gruesos. Apresuró el paso pero sus zancadas sonaban igual de mullidas que la de los cuatro gatos escurridizos que jugaban a perseguirse por la calle. Finalmente llegó a un extraño callejón de ladrillo ennegrecido. Miró a ambos lados sin atisbar ninguna luz azul y roja que le alertara y extendió la mano esperando topar con una puerta metálica. Solo encontró aire, la puerta estaba abierta y aquel sótano parecía emanar la propia oscuridad. Dio un pequeño paso cuando la luz de un cigarro reveló el rostro barbudo de un hombre con aspecto de lobo.

—Te estaba esperando. Aquí tienes, guárdalo bien —dijo con voz ronca el lobezno.

El hombre miró a ambos lados de nuevo y agarró el pequeño paquete envuelto. Lo desenvolvió con una sonrisa imperceptible y confirmó que se trataba de un videojuego. Antes de que alguien pudiera advertirlos, el hombre se escabulló tan fugazmente como el propio mapache ladronzuelo del videojuego. Y entonces la Noche se reafirmó en su propio vaivén onírico quedando para los sueños y las cosas prohibidas: los videojuegos


El quemazón del tiempo

Podría ser el relato lejano de cualquier novela distópica al estilo artístico de The Among of Us o Calvino Noir, pero dadas las circunstancias pandémicas cualquier distopía no me parece lejana, y cualquier relato me parece plausible. No hace mucho, alguien conocido de Twitter, comentaba que a la hora de comprarse un videojuego, en especial en físico, todavía sentía un pequeño desazón, un deje de culpabilidad… como si estuviera malgastando su dinero en un capricho no propio de su edad. Al rato, más personas respondían el tweet diciendo sentir lo mismo. Y sobre nuestra propia percepción y ese amargo sentimiento quiero ahondar en este texto inspirador.

Prince of Persia 2 nos mostró el castigo de jugar con el tiempo, como si nos quemara y transformara, sacando un lado oscuro de nosotros que acabaría por consumirnos.

“Los videojuegos son cultura”. Reivindicativa frase que pudimos escuchar, no hace mucho, de las palabras del ministro de Cultura y Deporte. Ahora con la crisis del Covid-19 al parecer menos cultura que otros, con ayudas que lo sitúan al mismo nivel que la tauromaquía y por debajo del cine y la música. Ni siquiera aparece la palabra “videojuegos” como tal en sus áreas. Sin tener esa consideración y ni creer sólidamente en su potencial, ya demostrado, difícilmente es posible competir de manera internacional, la única forma viable realmente de tener una industria dedicada al videojuego. Esto hace que tampoco llegue a tener el calado suficiente para tratarse como un campo digno de estudio reduciéndose al arduo esfuerzo de individuos que les apasiona los videojuegos. Individuos que ya nos han dado grandes libros sobre la historia de los videojuegos e interesantes reflexiones al respecto, pero sin el aval científico que merecen. Porque esta estigmatización del videojuego no sólo afecta al consumidor, sino a quién vive por y para los videojuegos.

El tema tendría un especial interés en la psicología, pero aún más desde un punto de vista antropológico porque daría respuesta a si nuestros hobbies definen nuestro grado de madurez o es que los hobbies han perdido su sentido de edad. ¿Puede derivar de nuestra infancia? ¿Es posible empezar con los videojuegos a partir de cierta edad como ocurre con otras aficiones? Miles de preguntas esperando a ser respondidas que desde mis humildes textos solo puedo divagar como quién se limita a contemplar las estrellas imaginando mundos en ellas y sin poderlas tocar.

El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.Pablo Neruda

El videojuego The Awesome Adventures of Captain Spirit nos recuerda cómo ser niño y cómo ser valientes en circunstancias difíciles.

Como persona curiosa, tengo mis propias hipótesis. Pensándolo detenidamente cuando éramos niños uno de nuestros desembolsos más grandes era el regalo de Reyes o Papa Noel en Navidad pero ese mismo o el resto del año bien podría ser un videojuego. Quiénes hemos sido afortunado de tener paga, ya sea por infructuosos intentos de hacer bien las cosas de casa, hemos ahorrado cada céntimo de euro o cada peseta para comprar el videojuego que estábamos esperando. O a veces era la recompensa de una buena nota o simplemente la ilusión de tenerlo. Los videojuegos durante gran parte de nuestra infancia es de lo más caro, y a diferencia de un ordenador que podía “aprovecharse” para los estudios o ropa, o dinero mismo… el videojuego no llevaba a ninguna parte para la inmensa mayoría de padres. Más adelante llegarían obsequios más costosos como viajes, conciertos, teléfonos de última generación… pero para mi generación, la anterior y la siguiente, lo ha sido durante más tiempo los videojuegos. A lo sumo, en mi Playstation podría conseguir uno o dos juegos en todo el año (videojuegos legales, claro). Eso significa completar cada juego al milímetro, varias veces y al 100% en todo lo posible. Por ejemplo, consiguiendo todas las gemas grises, de colores y cristales del Crash Bandicoot 2, uno de mis juegos favoritos. 

El tesoro de un videojuego

La emoción de recibir un videojuego fue y sigue siendo tan intensa que cuando enciendo la videoconsola (o el ordenador) puedo sentir ese aura que llena mis pulmones y me preparan para sumergirme de lleno en toda una aventura de sensaciones. Tal vez la misma sensación que saltar alto en una piscina o deslizarse por una pendiente con nieve. Sensaciones que pueden revivirse dentro del videojuego, aún recuerdo las persecuciones del Prince of Persia o los primeros Assasin’s Creed con los saltos de fe. ¿Por qué descubrir un nuevo paisaje a bordo de un jeep en Uncharted 4 hace que se me erice el vello de la piel? ¿Por qué escuchar la banda sonora de un juego como Super Smash Bros Ultimate me emociona? ¿Por qué ver el comienzo de un remake como el de Final Fantasy VII me conmueve? Son preguntas que no tendremos respuesta. (Ok polilla) 

Somos de donde venimos. Algo queda en nosotros que cuando vamos a comprar un videojuego, con nuestro propio dinero, queda esa molesta sensación de que estamos haciendo algo que no deberíamos. En mi caso, si lo compro en digital no ocurre o no da tiempo a que ocurra, pero si voy a una tienda y lo compro en físico, no dejo de tener ese desagradable sentimiento. Todos en aquel tweet compartimos nuestra experiencia y creo que es algo implícito cuando nos reafirmarmos en un “orgullo gamer”. No es la palabra “gamer” lo que nos une, de hecho, a una gran mayoría no nos gusta, pero si hay algo tan verdaderamente definitorio en el jugador es la emoción que nos embarga al momento de comprar un videojuego. Y desde cualquier ámbito, desde cualquier edad, no es necesario un carné gamer para sentirlo ni para formar parte de esa hermandad existente, en lo malo y en lo bueno.

A veces me pongo en la piel de aquellas personas, independientemente de su edad, que deciden coleccionar cosas. Me los imagino como pequeños seres ermitaños que viven en cuevas con portales a otros mundos, pequeños eruditos y hechiceros que crean su propio idioma. Ya sean personas que coleccionan juegos de mesa antiguos, películas, cómics, figuras o merchandising de su saga favorita, videojuegos… pensando en lo caro que es tener un hobby así. Pero es una afición que puede empezar a cualquier edad y siento esa envidia sana al escucharles hablar sobre su colección con esa pasión que les caracteriza. Una ilusión que sale del alma como si fuéramos pequeños niños jugando a ser mayores que juegan a ser niños. 

El legado de los niños perdidos

Dentro de seis meses cumpliré 30 años. Y por desgracia, todavía he podido oír comentarios mordaces como “¿todavías estás con eso? ¿Juegas videojuegos a tu edad? ¿No eres un poco mayor ya?” de conocidos y familiares que limitan los videojuegos a un mero pasatiempo de niños. Al principio me da rabia pero luego me entristece porque ellos no experimentarán lo mismo que yo, ni podrán entenderme. Es casi la misma tristeza que me causa oír a un anti-vacunas u homeopata hablar mal sobre los médicos. O alguien afirmar con apabullante franqueza que las ondas wifis nos dañan el cerebro. O a quiénes piensan que la TV sigue siendo una caja mágica. Y sí, podré hablar de hechiceros y magia en muchos de mis textos pero me encanta la ciencia y conocer los límites de la realidad misma. 

The Last of Us nos enseñó mucho sobre la fraternidad en tiempos complicados. Aunque nos persigan, siempre saldremos adelante apoyándonos en otros supervivientes.

Los atrevidos podrán desdeñarme diciendo que tengo el síndrome de Peter Pan, técnicamente un miedo inherente a crecer, conservando la mentalidad de niño y actuando como tal, incapaz de asumir responsabilidades. Nada más lejos de la realidad. Juraría que veces quiénes se dejan llevar por el miedo y el odio adoptan la actitud más propia de niños que quiénes siguen usando juguetes de niño: desde bloques de Lego, maquetas de trenes, bloques de Minecraft o videojuegos (bajo su punto de vista). Los bloques de Lego o de Minecraft ayudan a la representación espacial, siendo útiles para modelar espacios… las maquetas de trenes requieren de precisión tanto en su montaje (electrotecnia) como en el apartado artístico (pintar), y los videojuegos, más allá de su aparente violencia, desarrollan muchos tipos de inteligencia. Tal vez en el pasado fuimos adeptos de Peter Pan, viajando al País de Nunca Jamás a través del libro o sus películas, pero como niños perdidos crecimos con un pedacito de esa experiencia en nosotros. 

Suelo quedarme con un pedacito de las personas que se cruzan en mi vida. Como si estuviera compuesto de piezas de un rompecabezas, complejo y a la vez sencillo. Hace poco más de seis años conocí a una persona de mi edad bastante peculiar: bromista y con carácter de niño. Él podría estar ser el Fred o George Weasley de la vida real. Siempre envidiamos su espíritu travieso de niño pero a día de hoy es un ingeniero que disfruta de dibujar cómics y jugar a videojuegos. Solo le encomendamos una tarea: “nunca cambies”. Porque es un tesoro que en un mundo tan competitivo en el que estábamos, él seguía conservando ese espíritu combinado con una inteligencia audaz. Me atormenta que quiénes imponen esas creencias acerca de cuáles o cómo deben ser nuestras aficiones acorde a nuestra edad acaben por hacer mella en ese tipo de personas. ¿Adónde van los niños perdidos cuando no hay un Nunca Jamás? Persisten, disfrazados como adultos, jugando a serlo, con una mente sana, tan ocultos como los magos se escondían de los muggles a simple vista. 

Una segunda pieza. Hace dos años que murió mi abuelo materno, alguien muy serio, autoritario, callado, observador… pero cariñoso en el fondo. Pude tener con él una de esas conversaciones de tú a tú que tanto me gustan. Nos sentamos en un banco y me dijo con franqueza: “Soy mayor… pero me siento como si tuviera 30 años”. Lo vi en sus ojos y sabía que tenía razón. No le gustaba ir a sentarse con sus amigos porque les veía mayores en ciertas cosas, la mayoría de sus amigos habían muerto, no le gustaba ir al centro diurno porque sólo iban viejos… no se consideraba a sí mismo viejo con sus 84 años. Tenía la mente más despierta que ninguno, lamentaba no tener carné de conducir, no aprender matemáticas… pero fue capaz de hacer muchos cálculos y llevar las cuentas de su familia pese no haber estudiado. Pude ver ese espíritu de joven en él pese a la edad. 

Una tercera pieza de rompecabezas. No conocí a mi abuelo paterno cuando murió (apenas tenía 5 años) pero todo lo que he podido oír de él es que era de gran corazón y muy trabajador. Una especie de trotamundos que jugaba con conmigo a quitarse el sombrero como si fuera un mago. Todos lo definían como un niño grande que tenía cierta afición por los trenes y había sido boxeador. Nadie del pasado me ha inspirado tanta intriga como él, y lo sueño siempre con su gabardina y sombrero como si fuera un espía que se enamoró de mi abuela por curiosidad quedándose atrapado. Cosas de crío, sí, pero me han hecho tenerle una gran estima y ser hoy quién soy.

La chispa que nos mueve siempre está ahí. Da igual qué tiempos sean, quiénes nos rodean, o cómo podamos sentirnos en un breve instante, si somos fieles a nosotros mismos seguiremos comprando videojuegos y disfrutando de ellos tanto como el primer día. 

Nunca es tarde para descubrir nuevos mundos

Un caso que me llenó de orgullo fue la viral streamer de Skyrim, Shirley Curry, conocida como la “abuela de Skyrim”. Empezó a jugar por primera vez a Skyrim a sus 82 años y ya manifestó una radiante curiosidad en sus preguntas, propias de quién juega por primera vez, sumergiéndose cada vez más en el universo de Skyrim. Como jugadores de toda una vida, damos muchas cosas por hecho o “normales” en un videojuego. Shirley, con toda su inocencia, disfrutaba de cada detalle ese inmersivo mundo. Empezando con sus comentarios en YouTube hasta crear su propio canal y narrar su propia experiencia. Porque al final los videojuegos no son como una película donde se es visto una vez y cada uno lo interpreta. El juego se construye con la propia experiencia del jugador por lo que es vivido muchas veces y debe ser compartido para reflejar esa experiencia o de lo contrario dificilmente podría saber exactamente cómo se sintieron los demás. 

Siempre me han gustado muchos los videojuegos narrados como cuentos y escribiendo me viene a la mente la primera vez que jugué al Fable y deambulaba por la Academia de Héroes. Nadie podrá arrebatarme esos sentimientos y esa curiosidad innata por recorrer cada recoveco del lugar y lo atesoro tanto que al cerrar los ojos aún puedo oir la voz grave de la cara en la pared, el discurrir del riachuelo cercano o imaginar la distribución de las estancias del lugar. ¡Ah, cómo olvidar esa carrera a contrarreloj por ser más rápido! Y pensar que todo era una especie de tutorial. Esa experiencia la uso a día de hoy cuando me encuentro con un juego similar, reviviendo en parte ese momento y creando nuevas experiencias. Pareciera que cuando nos sentimos jóvenes o “como niños” tuviéramos esa dicotomía entre pasado y futuro, viviendo entre dos tiempos, creyendo en que son incompatibles, en falsas verdades… como si el steampunk no nos hubiera enseñado que lo retro y lo futuristico mola, y mucho. 

No exactamente. Nadamos en distintas aguas, pero llegamos a la misma costa.Elizabeth, en Bioshock Infinite (Irrational Games, 2013)

Lo dicho, nunca es tarde para lo que uno quiera proponerse. J.K.Rowling logró su éxito con Harry Potter con 31 años o Isak Dinesen logró su éxito de Memorias de Áfricas con 50 años. Visto así, eso incluye no haber sido jugador y querer serlo a cualquier edad. Por eso, si algún conocido o familiar quisiera saber más de videojuegos, no debemos ser excluyentes como “comunidad gamer” e invitar a todo el mundo a descubrirlos. Eso fue parte del éxito de la Wii, y aún nos queda un largo camino por delante para que jugar a videojuegos sea el equivalente (alquímico) a ver series o películas en Netflix. Ese ímpetu social será la mejor baza para que el videojuego sea considerado cultura de verdad y para que con el tiempo exista un gran tejido industrial en torno al mismo De momento, seremos como viajeros del tiempo siempre navegando entre dos tiempos: pasado y futuro, tal vez esa desdicha sea como una maldición del tiempo, una constante que condiciona nuestras variables. Ya lo dijeron los hermanos Lutece en Bioshock Infinite:constantes y variables“. La vida es demasiado corta para estar en esa constante disyuntiva, mejor divertirse con lo que somos capaces de percibir, como si fuéramos niños traviesos, deseando abrir nuestros propios regalos y explorando nuestros mapas. Y siempre que abramos un mapa, no olvidéis que hay que decir: “Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas”.

Impresionante mapa de Hogwarts creado en Minecraft por fans durante años, con todo lujo de detalles y haciendo realidad el sueño de muchos. Y sí, necesitaremos un Mapa del Merodeador para nuestras travesuras.


El enigmático hombre con el videojuego bajo el brazo observó la humeante tapa de alcantarilla. Los vertidos tóxicos en las cloacas de la ciudad habían empezado hacer mella pero el ruidoso Alcalde prefería ignorar lo que acontencía en el subterráneo. El hombre cruzó furtivo la siguiente calle girando la cabeza para ver los haces de luz caer plomizas sobre los coches futuristas mientras las luces de neón sobre la fachada de un nuevo pub daban un carácter cyberpunk a la calle. El hombre vaticinaba que aquello pronto se llenaría de pubs similares durante algunos años. Volvió la vista al frente donde había un pequeño muro recubierto de hiedra y pensó podría ser un buen atajo.

Saltó el pequeño muro para atajar por el callejón lúgubre cuando oyó un repiqueteo metálico. Las ventanas bajas, que apegaban al suelo y daban al callejón, vibraban con el repiqueteo. Iluminadas con la luz del interior, lucían desgastadas y cubiertas de vaho fruto de la humedad del semisótano. El repiqueteo de maquinaria y engranajes seguía: crunch, crunch, crunch… al parecer, los hacedores de videojuegos no lo tenían nada fácil. En una ciudad de adultos donde el aburrimiento estaba prohibido, lo estaba aún más divertirse sin más y toda maltrecha vida en aquel tétrico barrio subyacía al ávido e ilusorio mundo del espectáculo clandestino. Al fin y al cabo, el show debe continuar.