火影

Attack on Titan, My Hero Academia. Fairy Tail, One Piece, Dragon Ball Z. El shōnen, como uno de los máximos exponentes de la animación japonesa, siempre ha luchado por hallar representación en vías de expresión como el cine o los videojuegos. Y siempre ha encarado, en el proceso de adaptación, sendas dificultades para destacar como obra independiente, para merecer la pena, mayormente relativas a un formato que, en su naturaleza, se ha antojado desacertado para aunar esos densísimos manganimes que, aún a día de hoy, siguen sumiendo las horas más ociosas de las vidas de muchos de nosotros. Es por ello que siempre me he encontrado tremendamente agradecido con mi condición; con hallarme en la plena potestad de poder presumir – además, sin la menor posibilidad de reproche – de la exagerada calidad de las adaptaciones lúdicas de mi shōnen predilecto; de aquel que me vio crecer a lo largo de sus 72 tomos y que me forjó e impactó como la más trascendental de las obras. Porque pese al poco prestigio con el que a día de hoy cuenta en los nichos menos experimentados (dada su inevitable tendencia al fan service, su polémico final – y aún más polémica descendencia – y su injusta adaptación al anime), es de justicia admitir que las misivas impresas del magnum opus de Masashi Kishimoto hicieron mella en muchos de nosotros, impregnando de épica y humor una historia de amor fraternal donde los shurikens y chidori quedan en un plano tan secundario que acaban siendo mero atrezzo.

Tras esta introducción, bien podréis discernir que lo que me obliga a hablar en pasado en nuestro contexto de Naruto no es que la obra haya dejado de formar parte de nosotros; de nuestras influencias o de nuestro ser. Que haya sido no solo olvidada, sino desterrada al baúl de la procrastinación banal y de los errores de la juventud. Nada más lejos de la realidad. Pero de la misma manera que Naruto sigue hoy rasgando las paredes de los adentros de muchos, acaba resultando sencillo entristecerse por su decadencia mediática; porque nuevas generaciones únicamente aprendan a verlo como un incomprensible hito de la animación japonesa, apto únicamente para los más impresionables y menos críticos; porque, desde su conclusión, no se haya hecho ningún tipo de esfuerzo reseñable por mantenerlo vigente.

La industria del videojuego tiene gran culpa de ello. Bandai Namco, actual poseedora de los derechos de la franquicia, dedicó antaño todos los recursos de desarrollo del talentoso equipo nipón CyberConnect2, ya especializado en plasmar la cíclica historia de guerra ninja en la pantalla de nuestro salón, a confeccionar un exquisito aunque ampliamente mejorable Dragon Ball Z: Kakarot, que pudimos disfrutar el pasado mes de enero. Mientras tanto, los fans de la serie, adictos a los más alocados giros de guion y a los QTEs medidos al milímetro, recibimos algo quizás demasiado diferente – pero igualmente necesario – como fue Naruto to Boruto: Shinobi Striker. Y su lanzamiento no fue menos que una hostia de realidad; Naruto ha acabado, y CyberConnect2 ya no está, porque tampoco tiene sentido que lo esté, por más sentido que tenga recordar su tetralogía como lo que aún son: cuatro divertidísimos juegos de lucha con momentos absolutamente magistrales en términos de dirección, y cuatro de las mejores adaptaciones del manga al sector que se han realizado jamás.

Analizar esta cuarta parte me ha conllevado adquirir y jugar toda la saga, pues no creo que Storm 4 pueda llegar a ostentar todo su valor sin el disfrute de sus predecesores, también disponibles en Switch desde julio de 2017 (y a un coste inferior, como trilogía, que el nuevo capítulo, lanzado a precio completo). He vuelto a ver a Naruto crecer, y si bien en el proceso he notado cómo se diluían u omitían muchos matices con respecto a esos más de 70 mangas que conservo en la estantería, ha vuelto a ser un camino precioso; uno que volvería a andar una y mil veces. Y es curioso porque, llegados a cierto punto, uno, ya a los mandos tras varias decenas de horas, no sabe si tal devoción se siente por los cálidos diálogos de Masashi Kishimoto, por esas coreografiadísimas escenas de acción aderezadas del mejor de los cel-shading, por mera nostalgia o por la apabullante percepción de la franquicia sobre el género de la lucha 3D. Porque Storm 4, al igual que sus ancestros, no deja de ser una sucesión de rápidos – y no demasiado técnicos – combates constantemente intercalada por secuencias de corte anime; anteriormente generadas en tiempo real con el motor del juego, ahora contadas mediante postales estáticas. Y, con ello y poco más, consigue crear un entorno muy cómodo en el que uno acaba encontrando, como mínimo, todo lo que venía buscando.

No obstante, si en algo discierne el título que hoy tenemos entre manos con respecto a sus antecesores es en ese perenne sabor de despedida que desprende, explicitado en la dualidad de un modo Historia rezumante de mecánicas y sistemas que ni siquiera se plantea ubicar al jugador novato en el conflicto (ubicado ya en el último arco argumental de la serie) y de un modo Aventura que, a efectos prácticos, hace las veces de endgame, permitiéndonos visitar de propia mano todas aquellas localizaciones que, en un intento por linealizar la trama para otorgarle impulso y vigor, no se nos permitieron contemplar en la primera modalidad. Esta suerte de tributo, este intento por hacernos disfrutar mientras podamos de todo lo que la IP tiene tenía para ofrecernos, se extiende, incluso, a un terreno jugable en el que, bajo el opaco manto del mayor conservadurismo, se implementa, ahora, la posibilidad del líder del equipo a nuestro antojo, brindando una importancia extra a ese elenco de apoyo que hasta el momento únicamente acompañaba nuestra selección para lanzar alguna que otra técnica espontánea. Se realizan ajustes de menor calado y se implementan detalles agradecidos como la rotura de armaduras en tiempo real, ampliando por el camino el roster de personajes jugables hasta superar los cien y mejorando el código de red hasta conseguir una fluidez pasmosa. Y todo rema en la misma dirección.



Y es que, en su día, la desarrolladora nipona puso el punto y final a su serie estrella a conciencia, con determinación y la mayor de las contundencias, pariendo una obra redonda que, podría entender, más de uno pudiese llegar a tener miedo a revivir; no tanto por lo fresco que aun resulta su sistema de batalla o por el excelso tratamiento de la IP ya desmigado, sino por las plataformas en las que ahora preferimos jugar. Naruto Shippuden: Ultimate Ninja Storm 4 Road to Boruto ha aterrizado en Switch, consola que ya encontró alguna que otra dificultad para mover los anteriores capítulos (desarrollados originalmente para el ecosistema PS3, a diferencia de este capítulo), y aunque bien cabía esperar que su calidad como producto lúdico se mantuviese intacta, no era una cuestión sencilla atisbar si óbices principalmente técnicos iban a impedir disfrutar del título en plenas condiciones. Puede que, en una primera instancia, tirones presentes desde el mismo menú principal (y extensibles, de paso sea dicho, a la exploración del modo Aventura) no contribuyesen a un optimismo sobre la versión híbrida, pero a los pocos minutos, afortunadamente, acaba siendo fácil alegrarse como la primera vez que nos dispusimos a comenzar el principio del fin comprobando, de primera mano, cómo Storm 4 sigue siendo una experiencia absolutamente fascinante también en Nintendo Switch.

Road to Boruto

No voy a negar que el buen trabajo de conversión llevado a cabo sea el principal culpable de esta afirmación. Sin embargo, no es el único. Creo que, al margen de las obvias posibilidades portátiles de juego de Switch como sistema autónomo, se han realizado una serie de ajustes prácticamente imperceptibles que imposibilitan una plausible caída en el ritmo de juego, sin citar el contenido que da nombre al subtítulo de esta versión. Road to Boruto es una extensión que ya recibimos hace años en las hermanas mayores de la máquina de Nintendo a un precio de 19,99€ y con la que ahora contamos de serie, y que de alguna forma viene a reivindicar la nueva submarca de Bandai Namco, que toma al hijo de Naruto como protagonista, como descendiente directo de la serie.

Al margen de la nueva Campaña introducida, que supone un interesante pseudo-epílogo de unas 2 o 3 horas al modo Historia y una nueva razón para emocionarse con algunos de los mejores combates con jefes finales de la saga, Road to Boruto trae consigo tres nuevos escenarios, once nuevas apariencias y nueve nuevos personajes, siendo dos de ellos (Kinshiki y Momoshiki, grandes carencias del contenido original) exclusivos de esta nueva versión, presentando algunos de ellos con respectivas técnicas grupales.

Tiempos mejores

Galardón-Plata-HyperHypeCon gusto y buen hacer, Naruto Shippuden: Ultimate Ninja Storm 4 Road to Boruto se reivindica, independientemente de la plataforma, como una de las mejores adaptaciones jamás realizadas a nuestro medio. En Switch, supone una razón más para que aquellos que, con escepticismo, nunca se atrevieron a dar el salto comiencen de una vez su peregrinaje, haciendo su ahora caos nómada las delicias de los aficionados acérrimos gracias a un port más que decente, con una fluidez muy reseñable, sin tiempos de carga excesivamente largos y con toda la espectacularidad de siempre. Una obra tan redonda que deja con ganas de más, y que duele al conocer su naturaleza conclusiva. Que duele al suponer un adiós, pero que reconforta al darnos un lugar donde recordar tiempos mejores. En casa, en el tren, en el bus. Pero siempre en la Hoja.


Este análisis ha sido realizado con un código de descarga para Nintendo Switch cedido por Bandai Namco.

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