Hizo lo que debía

Presentación de Xbox One en 2013, uno de los movimientos más absurdos que ha vivido un servidor desde que está al día de la actualidad de los videojuegos. Microsoft estaba autodestruyéndose en el mismo inicio de la generación. Ofrecía una máquina 100 euros más cara que PlayStation 4 por culpa del capricho de incluir Kinect en todos los packs. Además, insinuaba que la conexión a Internet sería obligatoria durante el día y que la segunda mano estaría prohibida. Afortunadamente, la compañía recapacitó y fue revocando esas decisiones, pero el daño ya estaba hecho; el jugador se sentía denostado y PlayStation 4 era la respuesta a ese problema. Ahora, en una entrevista a Shacknews, Phil Spencer comenta que, como consecuencia de este desastroso lanzamiento, Microsoft se planteó si seguir en el negocio de las consolas. Entiendo dichas dudas, pues se estaba perdiendo la batalla contra la competencia y, sobre todo, se había destruido el buen estatus construido con Xbox 360.

Don Mattrick

Autodestrucción en 1… 2… 3…

Spencer relata que, por si no hubiera mal suficiente, tras la salida de Don Mattrick no había un sustituto para el puesto de jefe de la división. Asimismo, Xbox estaba fragmentada en un equipo de marketing, uno de juegos exclusivos y de plataforma. Pero espere, hay más; tampoco había un director ejecutivo en Microsoft. Ya con Satya Nadella a los mandos, Spencer fue el único directivo que pretendió seguir en el mercado de los videojuegos y convenció a su superior para seguir apostando por Xbox. “Los demás líderes se fueron”, dice un Phil Spencer que, tras reunificar los diferentes departamentos de la sección, ha basado su estrategia de negocio siempre bajo una premisa clara: la coherencia.

Su acercamiento no es nada extraordinario, pero le honra, ya que es el único que ha tenido la voluntad de plasmarlo y lo ha hecho en una sección que ansiaba tintes de normalidad antes de que él entrara a dirigirla. En mi opinión, Spencer lo que hace en sus principios es convertir a Xbox One en una consola de videojuegos, eliminando añadidos como Kinect, con la consecuente rebaja del sistema a un precio competitivo. Después, añade una característica añorada de otras generaciones: la retrocompatibilidad. Una vez subsanados los errores del pasado, con una base ya construida para atraer al público y habiendo convertido a One en una máquina sólida, se dispone a ir más allá; busca diferenciar su producto. Para ello, decide integrar los servicios como un pilar de su oferta, impulsando medidas como el Game Pass.

La coherencia del mandamás de Xbox no se acaba aquí. Sabiendo que su consola dispone de un catálogo de juegos exclusivos menos potente que PlayStation, decide comprar una variedad de estudios, incluido algún transatlántico como Bethesda, reincidiendo en la idea de enriquecer la marca Xbox. Ahora, con la nueva generación ya en marcha para los verdes, enfrente tienen a un rival con unos estudios internos en forma tras haber lanzado grandes juegos como The Last of Us: Parte II y Ghost of Tsushima, y con una PlayStation 5 que tampoco se queda atrás en lo tecnológico respecto a Series X. No sabemos cómo acabará la contienda, pero creo que Phil Spencer puede estar tranquilo con lo que ha hecho hasta el momento. Y es que la situación es radicalmente diferente a la generación anterior. De hecho, ahora la que más emula a la Xbox de Don Mattrick es la propia Sony, dañando al usuario con la política de subir los precios de los lanzamientos. Sin embargo, por suerte, los japoneses no han llegado a ese nivel de descalabro, lo que nos emplaza a una teórica batalla de tú a tú entre Xbox y PlayStation. 

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