Los recursos narrativos bajo la demanda de una sociedad excesivamente mimada

Ni como entidad proveedora, ni como productora del entretenimiento masivo que baña nuestra cultura contemporánea. Nunca me gustó Netflix, al igual que nunca me gustaron muchas de sus series más galardonadas – pese a mi constatada incultura en el ámbito televisivo – ni muchas de sus políticas, comunmente asociadas al comunismo online y a la colectividad del arte. Puede que no sea nuevo; ni siquiera algo propio de la empresa californiana, pues como bien recordaréis los más acérrimos al proyecto, ya mi compañero y amigo Manuel Casal, en su reciente ensayo ‘La cultura pop al servicio del usuario‘ (2019), trató el tema realizando paralelismos con otro gigante del ocio visual como es Paramount Pictures. No obstante, Netflix siempre ha contado con ese toque de picardía – propio del mediaticismo más absoluto – que tan sencillo me resulta de criticar, y que, al parecer, están interesados en fomentar con el paso de las semanas.

Durante estos últimos días, sin ir más lejos, hemos recibido la amarga noticia de que la compañía reducirá el uso del tabaco en su programación original destinada a jóvenes, exceptuando situaciones históricas. Un comunicado innecesario para muchos (que hubiesen preferido un ‘disclaimer‘, o bien una situación mucho más ortodoxa, mentalizando sobre los peligros y perjuicios del tabaco de manera directa e implícita), incluso hiriente para otros tantos (entre los que se encuentra un servidor; dada la aparente incapacidad del usuario receptor para distinguir entre realidad y ficción), pero mínimamente comprensible al final del día, dada la situación social en la que nos encontramos y el potencialmente influenciable público al que se encuentran dirigidas series de la talla como Stranger Things u Orange Is The New Black, principales acusadas de mostrar personajes fumando de manera gratuita.

Obviando lo inocuo de la medida, es de justicia preguntarse acerca de la naturaleza de la problemática. ¿Realmente series como las citadas influyen de manera colateral en el consumo del tabaco, ofreciéndonos referentes masculinos como los de la propaganda de los años 60? ¿Acaso hubiese bastado un disclaimer como el propuesto para zanjar lo comentado? Y, lo que es todavía más importante, ¿deben de estar los recursos narrativos y visuales, como los accesorios, las manías, las fobias o los vicios del protagonista, a merced del público?

Imagen por Wallpaper Safari

Al menos para la segunda pregunta, los chicos de The Coalition, padres de Gears of War, parecen haber encontrado la negativa como respuesta. Durante las últimas horas, y a través del más que recomendable portal Variety, hemos podido conocer cómo el director Rod Fergusson, ahora inmerso en el desarrollo de Gears 5, hará todo lo que esté en su mano para que la franquicia, siempre destinada para un público mayor de edad (con supuesto uso de razón y conocimiento de la ficción) no se vuelva a asociar con el procesado combustible. Unas declaraciones populistas, que sin lugar a dudas llegan justo a tiempo para crear obvios vínculos entre la citada noticia televisiva y la industria del videojuego, pero que, más allá de buscar el tirón mediático producido por dicha relación, caen por su propio peso al no habernos encontrado jamás ante una saga que, como bien indica el directivo, haya “glorificado el uso del tabaco”, limitándose a ser un anecdótico elemento adicional de caracterización para determinados personajes como Dizzy o Barrick.

[…] La imagen del tabaco se divide entonces entre la imagen del pueblo, alejada de la higiene y con un tratamiento utilitario y opiáceo del producto, y la del aristócrata que aspira rapé o fuma, añadiendo este además el componente de atrezo y asociando el tabaco a una imagen de elegancia y exclusividad.Luis Ángel París (2014), en un texto para albedomedia.com

Cuando toca hablar de dirección artística – y especialmente de una con un gran presupuesto y bacaje detrás -, nada es fruto del azar. Un cigarrillo posado sobre un cenicero, al igual que una bandana mal puesta, un parche o una cicatriz transversal, puede llegar a contarnos mucho sobre aquel que lo haya depositado. Metal Gear Solid, una de las grandes obras de Hideo Kojima, se encuentra completamente empapada por la influencia del tabaco, mas en ningún momento se exalta su uso; nada más lejos de la realidad, ya que en contadas ocasiones se habla de los peligros del fumar. Aunque así fuese, nuevamente, nos hallaríamos ante una situación ficticia, destinada a un usuario maduro, que no debería de preocuparse por la malinterpretación de su narración. Un equipo, como entidad creativa, tiene le derecho para decidir sobre despojar su producto de dichos recursos, pero el mero hecho de pensar que una presión externa, directa o indirecta, puede prevalecer sobre su propia voluntad me eriza la piel. No tengamos miedo a hablar de tabaco, ni de dinero, ni de drogas, ni de prostitución, o serán finalmente dichos tabúes los que nos alejen de la normalización de la contemporaneidad del primer mundo.

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