Mira, una ardilla

Antes de nada quiero dejar claro que este es un artículo bastante personal y que voy a explicar lo mejor que pueda cómo funciona mi cabeza. No es un artículo de retrospectiva ni tampoco pretende ser académico, simplemente he visto que hay una relación entre tener una enfermedad como la mía y lo que se siente al jugar a un juego como The Legend of Zelda: Breath of the Wild, y como esa misma relación puede ayudaros a comprendernos un poco mejor (o a explicarle a alguien cómo funcionáis).

 

Mi día a día mental se suele resumir más o menos en esto.

Cuando salió Breath of the Wild allá por 2017 no pude probarlo mucho. Un amigo se compró la Switch de salida, aunque con las ansias se compró la versión gorda de Wii U. Fue una primavera la mar de curiosa, llena de exámenes, preocupación por el futuro y Mario Kart 8 Deluxe. El Zelda estaba bastante lejos de mi alcance quitando alguna que otra tarde en casa de mi amigo, eso y las reacciones de Twitter. Internet se volvió completamente loco con este juego: que si el mejor mundo abierto de la historia, redefinición del género, obra maestra y esa clase de movidas, pero lo que a mí me sorprendía era otra cosa muy distinta. Los afortunados que pudieron comprar una Switch de salida compartían clips y fotos de sus aventuras por el decadente reino de Hyrule, y todo el mundo comentaba principalmente dos cosas: que el juego te permitía solucionar sus retos incluso de la forma más rocambolesca posible y que te desviabas del camino cada dos por tres. Tras cinco años por fin he podido tener en mis manos este juego y sí, es probablemente mi juego favorito, pero no por la razón que vosotros creéis: Breath of the Wild es, simple y llanamente, como yo.

breath of the wild zorro

Uno de mis objetivos: sacar fotos a todas y cada una de las cosas del juego

Creo que lo he mencionado alguna vez, pero tengo trastorno de déficit de atención con hiperactividad (o TDAH). Pese a lo que mucha gente piensa y la sociedad asume, el TDAH actúa de forma distinta en cada persona: algunos son agresivos, otros simplemente están a por uvas y otros, como es mi caso, una mezcla de ambas. No nos solemos caracterizar por ser meramente inquietos, lo que ocurre es que necesitamos hacer cosas y recibir estímulos constantemente. Nos cuesta tener el pasado como referencia y el futuro es muy difuso, vivimos el ahora plenamente. Esto me incapacita muchas veces a la hora de relacionarme con otras personas (me cuesta mucho entrar en un grupo con desconocidos y soy un bocazas sin querer) y a la hora de trabajar. Me es imposible ser constante, pero me voy a implicar un doscientos por cien a lo que esté haciendo. En consecuencia, no sé medir el tiempo y dependo de alarmas y del reloj constantemente para ser funcional. Asimismo, soy extremadamente curioso, y me puedes hablar de cualquier cosa que, si me dejas hacerte preguntas o me transmites un poco de tu pasión, vas a tener toda mi atención.

breath of the wild torre

Tardé tres horas en llegar hasta arriba y lo volvería a hacer

Los videojuegos entran dentro de esa categoría de “cosas atrayentes” por la cantidad de estímulos que se reciben. Los ciclos de juego, la recompensa continuada, que cada vez haya algo nuevo, los mundos desconocidos, la técnica cubierta por capas y capas de jugabilidad… Un videojuego es perfecto para alguien como yo, aunque no deja de tener sus desventajas, como que somos más propensos a la adicción. Breath of the Wild es un juego que no para de sorprender porque puedes haber echado doscientas horas, que esa montaña no te suena haberla subido. La rotura de las armas en mi cabeza es un minipuzle que se va desarrollando combate tras combate, necesitando una adaptación continua. Con la comida, si has sido descuidado, tienes que buscarte la vida, pero cocinar es un agujero sin fondo donde puedo probar y experimentar sin miedo, porque haga lo que haga algo me va a curar. Los templos son ridículamente fáciles, pero son otra pieza de novedad con un enigma distinto cada uno (quitando las Pruebas de Fuerza).

Las misiones secundarias son todas y cada una de ellas prácticamente únicas y no tengo un límite temporal que me ate al hacerlas. Las pruebas heroicas te permiten estirar las mecánicas de juego al extremo. El modo foto y coleccionar cromos de casi todas las cosas que hay en el juego, tanto monstruos, animales y armas, es un alivio para que sigas exprimiendo aún más y más ese Hyrule diseñado específicamente para que lo descubras y hagas tuyo. Todo esto sin mencionar los laberintos, las bestias divinas, las tribus, las referencias, los guardianes o incluso los esbirros del clan Yiga…

Breath of the Wild no se está nunca quieto. Quiere que experimentes y que lo pruebes todo, y más de las veces es imposible estar solo a una cosa, y ese es el punto al que quiero llegar. Este juego, indirectamente, puede ayudarte ligeramente a comprender cómo somos la gente con TDAH. Quieres hacer muchas cosas y te centras un objetivo, pero cuando mires el reloj habrán pasado tres horas, estarás en la otra punta del mapa y lo que habrás conseguido son un par de semillas de kolog. Tienes una lista con misiones secundarias, pero las más de las veces te va a dar igual, y cuando quieras hacer una en concreto probablemente te desvíes. No es que el juego quiera ponerte trabas continuamente, es que tienes tantos estímulos tan atrayentes que es complicado ir a machete, porque subconscientemente no quieres perderte nada. Ves una piedra puesta de forma sospechosa y es suficiente como para querer tirarte desde el precipicio “por si hay algo”. El manejo del tiempo también se complica, porque todo lo que estés haciendo es importante para ti. La libertad que te brinda el juego para hacer lo que quieras, como quieras y cuando quieras tiene como efecto secundario que o estés a varias cosas a la vez, o te olvides de todo y te dejes llevar. Sin embago, las consecuencias vienen tras parar el juego y darte cuenta de que son las tres de la mañana y tienes que madrugar, porque el mundo fuera de la pantalla sigue moviéndose.

Todo brilla, todo atrae, todo embelesa

Por supuesto, cada uno es un mundo y por eso he querido centrarme en mi caso particular. También sé que no todo el mundo se identificará en algunos puntos, hay quien va al lio y pasa de las secundarias. Pero ya para terminar con otro ejemplo: una vez estuvimos hablando en la redacción sobre el juego y Alejandro Reinosa comentó que no le gustaba el planteamiento de la historia. Que hay un choque entre la jugabilidad “relajada” y la urgencia por salvar a Zelda es bien sabido, pero a él le llegaba a agobiar, y esto es algo que yo experimento en mi día a día. Al no saber medir el tiempo nos agobiamos porque sabemos que tenemos que hacer X cosa urgentemente, pero nuestro cerebro nos lo impide. Terminamos dejándolo para el último momento, casi más motivados por la ansiedad que otra cosa, y poco a poco pasa factura. Breath of the Wild es una obra maestra que ha abierto las puertas al mayor parque temático del mundo. Al mismo tiempo que te deja gozar de su libertad, plantea un escenario en el que distraerse se considera una recompensa y entiendas que sí, a Zelda hay que salvarla, pero también es importante dejarse llevar. Además, no tienes a nadie diciéndote constantemente que eres un vago o que, si verdaderamente te esforzases, lo harías mucho mejor.

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