La maldición del Yokai... y del éxito anterior

Aunque el sector de los videojuegos sigue viviendo dentro de una etapa de su vida bastante joven, lo cierto es que hemos llegado a un punto en el que las sorpresas que nos encontramos durante estos últimos años se pueden contar con los dedos de una mano. La industria ha crecido muchísimo, tanto como para ser una de las que más beneficios culturales recoge junto al cine. Y quizás es esa la razón por la que nos encontramos en una especie de zona de confort de la que nos cuesta salir, porque sabemos que el camino que hemos recorrido hasta llegar aquí nos ha bastado, así que, ¿para qué intentar algo más?. Juegos que se basan en otros juegos, o que directamente se quitan la careta y les da igual parecer simples copias, aprovechándose del éxito de unos para intentar subirse a la ola. Tampoco es algo que esté “mal”, por supuesto. Es lógico que unas obras inspiren a otras, y esta filosofía de fijarse en el de al lado durante el examen nos ha dado lanzamientos que, si bien la mayoría no están a la altura del original, son juegos más que dignos. Sin embargo, es cuando llega uno dispuesto a cambiar las tornas del juego cuando nos damos cuenta del potencial que tienen los videojuegos

Soy de todo menos un fan de Hideo Kojima. Habré jugado a dos entregas de Metal Gear -siendo generoso y sin gustarme más de lo necesario- y Death Stranding lo tengo ahí a medias después de una veintena de horas dentro de su mundo. Es lícito decir que no es una obra hecha para tus gustos personales, pero creo que hay que reconocerle el intentar crear algo distinto, fuera de la norma de los productos de alto presupuesto como los Triple A. Lo mismo pasa con Hidetaka Miyazaki, creador de Dark Souls, al iniciar escuela con uno de los lanzamientos más influyentes de los últimos años y reinventándose a cada nueva obra que acababa con su firma. Creadores especiales que nos regalan videojuegos especiales, diferentes y sorprendentes dentro de un mundo limitado a la inspiración de otros. Aunque quizás me estoy yendo por las ramas, porque yo venía a hablar hoy de Nioh 2 y no he comentado aún nada de… Bueno, de Nioh 2.

De vuelta a ese infierno

Nioh 2 nos cuenta una historia de conquista por las Piedras Espirituales

En 2017, Nioh fue una sorpresa, una grata además. No reinventaba en ningún momento la rueda de los juegos de rol y acción, pero cogía ideas de aquí y de allá, llevándolas a su propio terreno para crear una obra lo suficientemente original como para suponer un soplo de aire fresco dentro de un subgénero que nos tenía acostumbrado a la misma fórmula repetida hasta la saciedad. Team Ninja consiguió que Nioh no fuera simplemente el Dark Souls con samuráis. Nioh era Nioh, y creo que ya sólo por eso merecía completamente la pena. La base era sólida, imperfecta en ciertos aspectos como el diseño de misiones, trama y dificultad artificial, pero sólida. Si se pretendía hacer una secuela que mejorara a su predecesor, sólo había que ajustar ciertos engranajes para que la maquinaria del sistema de combate basado en posturas llegara a la excelencia. Tarea fácil, en cierto sentido, pero difícil teniendo en cuenta el éxito que había cosechado la primera entrega. Quiero decir, si lo que hemos hecho nos ha salido bien, ¿para qué cambiarlo? Y esa ha sido, finalmente, la filosofía en la que se basa todo el planteamiento de Nioh 2.

Esta precuela-secuela-segunda entrega coge todo lo que vimos en Nioh, tanto lo bueno como lo malo, y lo exprime hasta que no queda ni una gota de la que beber. El sistema de combate basado en posturas vuelve, sin cambios, tal cual. Postura alta, media y baja, pudiendo hacer combos entre ellas si mejoramos un árbol de habilidades con un pequeño lavabo de cara, pero que no es más que el mismo con otra interfaz. También vuelven todas las armas que vimos en Nioh 1 y sus respectivos DLCs, con dos nuevas adiciones, la Guja Alternada y las Hachuelas. También vuelven todos sus enemigos que nos encontramos en las misiones, tanto Yokais como humanos, los mismos con los mismos patrones de ataque. El diseño de niveles basado en misiones principales y secundarias por niveles a través de un mapamundi también está presente en esta entrega. El Ki -o estamina- y el pulso que nos hace recuperar parte de la energía que hemos gastado en un combo también sigue jugando en Nioh 2 una parte esencial, obligándonos a jugar tanto con nuestra barra como con la del enemigo dentro de los combates. Pero, entonces, ¿qué ha cambiado en Nioh 2 con respecto a Nioh 1?

Nuevos aciertos, mismos errores

Siendo claro y conciso: lo mínimo. A diferencia de la obra original, donde controlábamos durante toda la aventura a William, en Nioh 2 nuestro personaje es mitad humano-mitad Yokai, lo que abre nuevas posibilidades dentro de la propia jugabilidad. Tras pasar por un editor de personaje tan extenso y personalizable que deja en pañales a la gran mayoría que hemos visto durante esta generación de consolas, el juego nos empieza a introducir en sus nuevas mecánicas. Somos parte Yokai, así que obviamente tenemos los poderes de un Yokai. Los enemigos ahora sueltan núcleos de alma, que podremos equiparnos a través de nuestros Espíritus Guardianes -misma mecánica que en Nioh 1 también- para usarlos en combate, y que vienen a ser los poderes que podíamos usar en juegos como Castlevania Symphony of the Night o el más reciente Bloodstained Ritual of the Night. Además, esta mecánica no se queda sólo ahí, porque en Nioh 2 tenemos las transformaciones en Yokai, un nuevo añadido que sustituye lo visto controlando a William, para convertirnos, literalmente, en uno de estos demonios -pudiendo elegir entre tres diferentes-, proporcionándonos mejoras tanto ofensivas como defensivas, con la inclusión de un parry que nos permitirá parar ciertos ataques enemigos.

Y digo mínimo porque más allá de esto no hay cambios en la jugabilidad. El parry ahora es uno de los puntos más importantes a la hora de enfrentarnos a enemigos más fuertes, o incluso bosses, ya que nos da la posibilidad de dejarlos aturdidos durante unos segundos que son oro en situaciones de vida o muerte. Y los poderes Yokai se pueden combear de muchas y variedas maneras con los ataques normales de nuestras armas. Ambas mecánicas consiguen crear un Nioh 2 lo suficientemente diferente como para que, durante un momento, pienses que esto no es otra que cosa que un Nioh 1 pero con más posibilidades. Sin embargo, cuando llevas ya cincuenta horas y estás acabando el juego, esa sensación se va disipando, y la sorpresa se va convirtiendo en rutina. Porque desde el primer momento, desde la primera misión, todo en esta nueva entrega es familiar. Toda la sorpresa que fue el primer Nioh aquí se convierte en más de lo mismo.

Además, el tema de la dificultad artificial que, personalmente, tanto me molesta en este tipo de videojuegos sigue presente, al igual que lo estaba en su primera entrega. Hasta que no consigues tener a tu personaje lo suficientemente desarrollado como para poder usar magias y beneficios en el combate, la sensación de frustración está muy presente en Nioh 2. Para matar a un enemigo mínimamente fuerte, te hacen falta varios combos, ataques especiales y romperle la barra de Ki, mientras que él sólo necesita un par de golpes para mandarte al santuario más cercano. Por no hablar de que cuando se acumulan más de dos las situaciones se vuelven completamente imprevisibles e insostenibles, sin apenas opciones de ganar la pelea. A esto hay que sumarle que esta secuela añade nuevas zonas dominadas por el Reino Yokai donde nuestro Ki se verá notablemente reducido, y en las que deberemos matar al enemigo fuerte de turno para disiparlas. Esto tiene su gracia al principio, pero cuando ves que en cada misión hay dos o tres, la cosa se vuelve agotante.

Calidad frente a cantidad

Porque a veces más es mejor, pero no siempre. Podríamos decir que Nioh 2 es eso, más y mejor, o al menos a medias. Estos cambios en la jugabilidad pueden parecer pequeños a simple vista, pero lo cierto es que dotan al juego de bastante variedad a la hora de afrontar diferentes situaciones o jefes finales, convirtiéndolo en un mejor videojuego. Y es más, porque no deja hueco a la sorpresa. Tenemos más posibilidades de personalización, de armas, de builds,… Pero al final es sólo eso. El contenido reciclado que hay en esta entrega con respecto a la anterior es tal, que el 90% del plantel de enemigos es el mismo que en Nioh 1, además de abusar, de nuevo, de la repetición de localizaciones o jefes durante toda la aventura -encontrádome con alguno que ya estaba en su predecesor-. Incluso la misión final del juego es repetir el mismo nivel de una anterior, pero tomando el camino contrario. Es por ello que Nioh 2 consigue rascar un poco la superficie que hizo especial a su antecesor, superándolo en pequeñas dosis, pero tiene momentos, demasiados, en los que parece una expansión excesivamente larga en vez de una nueva entrega. Al final del día se te queda un producto que podría haber sido mucho más, mucho mejor, pero que se queda a medias con unos cambios agradecidos, a la vez que insuficientes para hacer evolucionar la fórmula de Team Ninja a nuevos niveles.

La belleza del infierno

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce, ni toda la gente errante anda perdida. Si bien Nioh 2 comete los mismos fallos que la obra original y su contenido nuevo es en cierta medida mínimo, no deja de ser un videojuego extremadamente divertido, que nos regala muchas horas de contenido. La trama principal, aunque sigue teniendo los problemas de desarrollo del primer juego, se sigue con mejor interés comparado con este, y tiene momentos realmente memorables a través de unas cinemáticas y banda sonora a su altura. Sus posibilidades jugables son tan extensas que nos llevaremos horas probando diferentes builds hasta dar con la que más se asemeja a nuestro estilo de juego y, si nos atrevemos a salir de la estrategia de siempre, nos econtraremos con un mundo de posibilidades a la hora de personalizar a nuestro personaje. A esto hay que sumarle que el sistema de combate sigue en plena forma, y la personalización sigue aquí presente, con un dinamismo matando a Yokais que nada tiene que envidiar a lo visto en juegos de este estilo. Un videojuego con fallos que sabe nadar muy bien en ese mar de la imperfección.

A veces el éxito nos hace perder de vista el objetivo

Quizás me ha quedado una crítica demasiado negativa, pero personalmente tenía las expectativas muy altas con este Nioh 2. La obra original tenía sus fallos, pero contaba con una base tan prometedora que podía, si quisiese, enfrentarse de tú a tú con otros titanes del género. Sólo había que perfeccionarla, afilar esa katana hasta dejarla tan brillante que no tuviera rival. Sin embargo, a Nioh 2 se le ha comido un poco la maldición del éxito anterior, con una obra que, si bien sigue siendo de los mejores souls-like que nos podemos encontrar ahora mismo en el mercado, se queda a medio camino entre el perfeccionamiento y el más de lo mismo. Lo que me lleva a la misma pregunta: si algo me ha salido bien, ¿por qué no seguir esta misma senda? Quizás simplemente para seguir siendo relevante e inspirador, y no otro más.


Hemos realizado este análisis con un código de descarga proporcionado por PlayStation España.

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