Vida y muerte de un hacedor de perspectivas

El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

que hasta siente que es dolor

el dolor que en verdad siente.Fernando Pessoa. Autopsicografía

No te mentiré: tengo un bloqueo ahora mismo. Las palabras, cuando me salen, me salen mal. No digamos ya los textos enteros. Escribo esto viendo de frente a mi propia incapacidad. No te garantizo que lo abajo escrito sea digno de tu tiempo; no te garantizo que, en esa cascada de palabras, haya algo tocado por el sentido. Ninguna oración me gusta, ninguna idea luce decente. Nunca. Siempre que escribo algo, escribo como en un juego de azar. No puedo estar seguro de qué es lo que estoy haciendo. Hago malabares con la pequeña colección de halagos, les busco grietas desde las que distinguir mi fracaso. No percibo ningún ritmo al leerme en voz alta; no hallo ninguna estructura lógica; mis frases son muy largas y muy toscas; mis conceptos son vagos, insuficientes. No diré que yo sea vago e insuficiente. Te juro que en mi cabeza hace todo el sentido del mundo. Ahí todo resulta hermoso. Adentro de mí, sé lo que estoy pensando, sé lo que quiero decir. Pero tú no puedes leer mi mente. Es por eso que escribo esto.

No creo que esté errando mucho al decir, la mayoría de los que estamos en esto, somos gente relativamente joven. En HyperHype, puedo contar con los dedos de una mano aquellos que pasan de la veintena. Yo ni siquiera he llegado a los 20. Ocurre casi lo mismo en otras páginas del sector. Somos gente del nuevo mundo, auténticos lugareños de la aldea global. Nos sabemos mover por todos los sitios, conocemos cada rincón y callejuela como la palma de nuestra mano; navegamos Instagram, Facebook, Twitter, Discord, TikTok, y tantas otras formas de comunicación virtual emergentes. Nos enfrentamos a un mundo, que si no lo ha visto todo, podrá hacerlo en poco tiempo, en apenas un par de clics. Tenemos acceso a todo el contenido posible. Los mayores son miran y se molestan por la facilidad con la que obtenemos las cosas; nos critican porque ellos tenían que caminar no sé cuántas cuadras hasta su biblioteca más cercana para saber hasta la fecha más simple; asumen que lo tenemos fácil, asumen que no sabemos sobre la vida, sobre el trabajo y sobre esforzarnos. Yo no sé qué dirán mis compañeros, no sé qué pensará el lector, pero creo firmemente que el mundo que estas personas nos están dejando, se encuentra en un estado degradado, en el que adjetivo “fácil” tiene cada vez menos espacio. No es solo que ya se considere un problema del nuevo urbanismo la dificultad que representa para nosotros la entrada a un mercado laboral congestionado, o la transferencia de capital entre generaciones, es que la misma tecnología que nuestros padres y abuelos nos señalaban como el milagro, puede convertirse pronto en la pesadilla de una generación. La primera revolución industrial ya provocó éxodos y diásporas, con poblaciones diseminadas a lo largo del globo, en busca de una vida digna de vivirse. ¿A dónde nos vamos a ir nosotros?

Queramos o no, el dinero es necesario para seguir viviendo. Y queramos o no, cada vez es más difícil conseguir dinero. Nunca he ganado un solo centavo escribiendo sobre videojuegos; al contrario, todo el dinero que he ganado por mí mismo ha sido en trabajos pesados, ranchos, carboneras, herrerías y taquerías. También me pasé por esa textura más blanda del nuevo sistema laboral, los célebres call centers, la ventas, y puedo decir que es la misma mierda sólo que en versión cínica, pretendidamente humana. Y los directores de esta misma publicación, tampoco es que estén dirigiendo desde sus yates en maldivas. Actualmente, sólo sé de Nivel Oculto pagando una suma considerable a sus colaboradores; la otra, Espada y Pluma, tuvo que dejarlo. Son conocidas las historias de Youtubers de videojuegos que cerraron por falta de rentabilidad; hace poco hubo el Game Press Paid Me, y las cifras eran tristes. No sé si es cosa mía, pero siento como un crepúsculo en el aire, un desasosiego que me empuja hasta un nihilismo apenas saludable para el espíritu. Estamos en la flor de nuestras vidas, pero ya nos sentimos cansados, estamos hartos de muchas cosas; se nos abre un horizonte que luce de todo menos atractivo. Somos la generación de la depresión, de la ansiedad, del pánico, y también de los impostores. Porque, para nuestra desgracia, esas son cosas pesadas, posibilidades que aterran. Y todo eso se abre paso hasta nuestros rincones más privados, llega a todas nuestras catarsis.

Si escribes sobre videojuegos, es probable que ni necesite explicártelo. Esa voz pequeñita, ese chispazo de impotencia y frustración, que termina encendiendo la indisposición. Tú no deberías estar haciendo esto. Nadie cree que deberías estar haciendo esto. Pierdes tu tiempo, y pierdes el de los demás. Cosas así.

El síndrome del impostor, propagado como una pandemia que afectase especialmente a nuestro rubro, tiene un antibiótico inusitado. No escribir es la parte más importante de la escritura. El momento en el que estamos frente a la pantalla no es nada, no puede ser nada. El cursor intermitente no es un contrarreloj. El lienzo en blanco no es sinónimo de inspiración, de campo fértil para la actividad literaria. El único espacio en el que la literatura puede desarrollarse es en esa habitación cerrada, denominada consciencia. La llamada redacción, no es más que un ejercicio de transcripción, un puente tendido entre nuestra mente y la hoja. Habría que derribar el culto a la hoja en blanco. No creo que exista algo más venenoso para el quehacer creativo; una presión autoinflingida, una simulación de expectación que sobrepasa las dimensiones de nuestro propio alcance. Es precisamente el síndrome del impostor un causante de los famosos monolitos de creatividad, congestionamiento de ideas. El escribir, como acto conductual físico, tiene límites trazados en tiempo y espacio; la mente, en cambio, no para nunca. Somos seres mentales, porque la realidad material tiene sus limitantes. Ése es el problema de ejercer un texto según las bases de lo puramente físico. Queremos forzar la maquinaria, exprimiendo nuestra sinapsis hasta la saciedad. Y luego nos quejamos al ver la pantalla y que no haya más que mediocridad.

De escritor a escritor, de compañero a compañero, de persona con bloqueo a otra: no te fuerces, deja que suceda cuando deba suceder. El reino de las ideas es todavía ajeno al dominio humano. Uno no sabe cuándo va a llegarle la idea. A mí, la mayoría, me han llegado mientras bebía café en la facultad, de modo que no he dejado de tomar café. Me han llegado mientras platico con mi perro. Me han llegado mientras leo a alguien más, pero en definitiva, las ideas nunca me llegan mientras escribo; las ideas escapan al ver la hoja en blanco, son insolubles. Si te sientes presionado, si te sientes indispuesto, si te sientes impotente de obrar tus letras, entonces evita a toda costa el escribir. No te sientes frente a la pantalla esperando a que pase. No te comas la cabeza porque esa la ocupas para pensar.

Como alguien que ha pasado por ello, que se ha sentido inútil y que ha querido dejarlo, te puedo decir que mi respuesta es, de hecho, dejarlo. Hablo con mi novia o con mis amigos; finjo a que mi mascota habla español, y entablo debates con su persona; juego, leo, veo otra cosa, porque la semilla del texto ya fue sembrada; está incrustada en tu imaginario, flota, inerme, en tu jugo neurológico. De ahí, es cuestión de dejarla crecer, de que los primeros brotes y las primeras hojas te catapulten, esta vez sí, frente a la pantalla. La idea tiene el poder de poseerte, de manejar tus dedos con una precisión quirúrgica. Una vez que te tiene, ya no te va a soltar. Confía en el empuje secreto, subordínate a la cosa intangible, que de ella depende qué tan bien queda ese puñetero escrito.


Aquí una guía rápida sobre escapismo literarios para videojuego.

Café, quizá la técnica más extraña. Verán; constantemente, recrimino a mis amigos por escribir bajo el influjo del cannabis. Es algo que me hace preguntarme quién es el que está escribiendo, ¿es la hierba, o el que la consume? Ellos se ríen, y yo me río. Luego, me descubro escribiendo con un café entre las manos. ¿debería reivindicar a la cafeína como coautora de mis artículos? Pasa siempre, nunca volteo hacia la derecha de mi pantalla y no hay una taza humeante de americano amargo. Soy una persona con inquietudes, como todas las personas, y como todas las personas, no me basto para quedarme quieto. El café me convierte en una estatua. Mi mente que vibra y se estremece al ritmo de cualquier entorno, se ha callado cuando percibe su aroma, cuando las palmas se me queman, cuando un sabor tostado y ácido me hace cosquillas en la garganta, es cuando le quito el freno mis dedos. De pronto hay más de mil palabras, ahí donde sólo había un cursor intermitente. No sabré si toda mi metafísica existe en tanto bebo una taza; pero la metafísica que sale mientras bebo una taza, me sabe mucho mejor. Ojo, el propósito de este párrafo no es señalar al café como la salvación creadora por excelencia, simplemente, quiero señalar la importancia de los estímulos físicos, de los rituales y los placeres. Aquí quizá haya una poca de contradicción; efectivamente, la realidad conductual física repercute sobremanera en nuestras palabras. Yo, por ejemplo, no escribiré nunca una palabra si siento que la temperatura es muy alta; no escribiré si no me siento cómodo con mi postura y con mi respaldo; no escribiré si no tengo nada qué contarle a la hoja; y dios me ayude, nunca escribiré si a mi diestra no veo una taza, llena casi hasta el borde de ese crepúsculo edulcorado Una regla vital para mí es no pensar en el texto mientras lo estoy escribiendo; en cambio, pienso en él el resto del tiempo, no le doy el lugar central, no se convierte en una obsesión, pero le doy una pizca, un lugar pequeñito para nutrirse de ideas,  para templarse y tomar su auténtica forma. Cuando eso ocurre, me activo como un resorte, salto al teclado o al celular, y me pongo a ello.

Otra buena forma de alimentar tu psique es con la música. Esta, quieras o no, estés en el mood que estés, te va a enraizar sus tonalidades, te va a hacer pensar e imaginar cosas. Si las condiciones son propicias, quizá termines pensando la totalidad del texto. Soy uno de esos que se imagina películas enteras con una canción; me interesa lo que puede existir en un espacio tan concurrido y la vez tan dinámico. Solo una anotación, dale preferencia a la música sin lírica, a la esencia pura de la melodía, porque más de una ocasión te encontrarás arrastrado hacia terrenos desconocidos, y quién sabe cuánta distancia habrá entre tu texto y la música. Cuando la canción haya concluido, quizá te encuentres bendecido por la topoderosa idea. Lo que pasa desde ahí, es cosa tuya.

Para el final, creo que aun existe una cosa más poderosa que el café y las sinfonías: la otredad. Si yo estoy aquí, es porque alguien estuvo antes. Yo vine siguiendo a alguien. Los primeros a los que seguí, por una mera casualidad, fueron a Eva y a Jose, con su canal de YouTube Bukku Qui. Ellos me enseñaron a jugar los juegos de esa otra manera, de la que nos gusta, trazando paralelismos, leyendo desde diversos ángulos, queriendo usar los ojos para ver lo que hay más allá de nuestros mundos poligónicos. Fueron sus letras las que me llevaron de vuelta a obras que tenía abandonadas: Dark Souls, The Witcher, Minecraft…también fueron ellos los que me llevaron hasta lugares distintos, al videojuego independiente, las historias pequeñas, los personajes personales, universos de media tarde. Luego vino Dayo, Scanliner, Quetzal, con su poesía…luego vinieron los escritores. Vino Hugo Gris, que a su vez traía una prosa cargada de metáforas, metonimias, tendencias hacia la elegancia. Vino Alberto Venegas y sus puentes que conectaban al videojuego con el estudio, con la historia y la imagen. Vino Gareth Damian, que abrió mi curiosidad por el espacio videolúdico. Y no son todos. Tengo muchos más escritores detrás mío, pero que haya unos dedicados especialmente a esto, haciendo la misma cosa que yo, con los que podría hablar si les envío un mensaje, es una sensación como pocas. Porque ya no puedo hablar con Cortázar; Jack London ni siquiera hablaba español; Orwell, Camus, Villaurrutia, Kafka, ellos ya se fueron. Por eso valoro a los que todavía están aquí. Y por eso, cuando me siento perdido entre laberintos de oraciones inconclusas, vuelvo a ellos, siempre vuelvo, siempre voy a volver.

Esto es lo que puedo decirte, es lo que hago cuando no sé qué hacer. Y lo comparto contigo porque creo que no eres ningún farsante, no hay ningún impostor detrás de tus palabras. Creo en ti, para variar. Y también creo que esta época ya nos echa suficiente equipaje encima; no nos añadamos uno que pudiera pesar más que el resto, la insinuación de que no valemos, de que no sabemos, de que no deberíamos estar aquí. Nosotros estamos aquí, y aunque a veces lo parezca, nunca estamos solos. Mira a tu izquierda, mira a tu derecha, verás a alguien que quizá se siente como tú, o que se ha sentido como tú. Creo que la soledad también se sirve en compañía, y hasta puede saber mejor. Y si ves a tu izquierda y tu derecha y no ves a nadie, yo también estoy aquí, y también estoy volteando a todos lados.